José Pedro Croft

Palexco, A Coruña

José Pedro Croft. Traspasar planos

José Pedro Croft (Oporto, 1957) es, a efectos de presencia expositiva, casi español. Nada menos que 25 individuales ha realizado en nuestro país, aunque sólo tres de ellas han sido en instituciones: en el Palacete del Embarcadero de Santander (2000), el CGAC de Santiago (2003) y ésta en la sala Palexco de A Coruña. La Concejala de Cultura Ana Fernández, ex-directora de la Galería Vilaseco Hauser -que ha dejado en manos de su hija-, se ha propuesto revitalizar y abrir a los ámbitos nacional e internacional las salas de exposiciones municipales: el Kiosko Alfonso y ésta en el Palacio de Exposiciones y Congresos. Para ello, declara en la presentación de su programación que cuenta con la colaboración de las galerías Helga de Alvear -proporcionará obras para la exposición de Axel Hütte-, Juana de Aizpuru y Carles Taché -Miguel Ángel Campano y Alberto García Alix-, y La Fábrica -Marina Abramovic-. Además, se puede ver ya en el Kiosko una retrospectiva de Vari Caramés, representado por Vilaseco Hauser, y a finales de 2013 intervendrá en Palexco Charles Sandison. Estoy segura de que todos tienen la mejor intención y que el ciudadano saldrá beneficiado al poder conocer la obra de buenos artistas, y con costes reducidos, pero se corre el riesgo de convertir estas salas en sucursales temporales de las galerías, perdiendo la oportunidad de generar desde un ámbito público proyectos más ambiciosos. Cuando se organizan exposiciones con obras de producción reciente es casi inevitable pasar por las galerías, que facilitan los trámites con el artista y muchas veces aportan al proyecto más de lo que les sería exigible pero ¿hasta qué punto se debe depender de ellas? En esta exposición de Croft hay 26 obras: 12 vienen de la Galería Helga de Alvear y 4 de la colección de la galerista; 7 de la galería que lleva la obra del artista en Portugal, Filomena Soares; 1 llega desde el estudio del artista y sólo 2 proceden de sendas colecciones particulares.

Dicho esto, es de justicia reconocer el interés de esta exposición de José Pedro Croft, en la que se pueden ver algunas nuevas esculturas, inéditas. A pesar de que siempre he respetado su obra, sólo me ha entusiasmado en los últimos años, cuando ha empezado a combinar cristales y espejos con estructuras realizadas con perfiles de hierro y con muebles. Su última exposición en Helga de Alvear fue magnífica y volvemos a disfrutar aquí algunas de aquellas piezas. El uso de los espejos es excepcional y a menudo las superficies reflectantes no se corresponden exactamente con las formas que las enmarcan, sobrepasándolas o quedando seccionadas, de manera que se crea una interrelación extremadamente dinámica y rica con el espectador y el espacio circundante al que se proyectan y que a la vez incorporan. En ocasiones, la sorpresa visual está agazapada, esperando a que nos acerquemos para descubrir las nuevas dimensiones que nos abre, como cuando el espejo se incrusta discretamente en las patas de una vieja mesa con marcas de pintura, o en una banqueta. No rehuye Croft, sin embargo, los efectos espectaculares, como cuando inserta un túnel infinito bajo una gran mesa puesta de pie. El equilibrio inestable, estabilizado, es otro de los factores plásticos que maneja en estas esculturas; unido a las formas poliédricas anguladas e irregulares que parecen efecto de una distorsión visual, y al empleo del reverso del espejo o los cristales tintados, como ready-mades pictóricos, producen en el espectador una continua pérdida/recuperación de referencias espaciales. El uso de muebles comunes, de nuestro entorno cotidiano, hace que la experiencia sea más cercana. Los fundamentos del trabajo de Croft son siempre sólidos y, aunque en mi opinión sean menos interesantes, los grandes papeles troquelados y pintados que rodean las esculturas responden a un mismo afán de traspasar planos.

(Publicado en El Cultural)