Generación 2011

Los formales
La Casa Encendida, Madrid

Ya se anunció cuando hace unos meses, en septiembre de 2010, se inauguró la exposición con la que se celebraban los diez años de trayectoria del programa Generaciones de la Obra Social de Caja Madrid: se reducía el combinado de premios, menciones, adquisiciones y becas a diez premios, de 15.000 euros, concedidos no a una obra sino a un proyecto. Es un recorte considerable, aunque hay que tener en cuenta que estos premios -ya quedan pocos- con tanta visibilidad se codician más por las oportunidades que brindan a los artistas de cara a ser conocidos por comisarios, galeristas y críticos que por su dotación económica. Esto se demuestra con el hecho de que el nuevo planteamiento no ha desanimado a los jóvenes artistas, pues se han presentado casi mil proyectos. Ignacio Andreu, Susana Blas, Javier Montes, Esther Regueira y Manuela Villa hicieron la primera criba, quedando para Lynne Cooke, subdirectora del Reina Sofía, Miguel von Hafe, director del CGAC, y Agustín Pérez Rubio, director del MUSAC, la responsabilidad de elegir a los diez premiados.
No voy a describir la obra de cada uno de ellos, cosa que ya se hace en las propias salas; me parece más útil hacer algunas reflexiones sobre lo seleccionado teniendo en cuenta que, al suponer un uno por ciento de lo presentado, no pueden ser extrapoladas al conjunto de la joven creación española. Ninguno de los premiados en un completo desconocido, pero tres de ellos, Paloma Polo, Ixone Sádaba y Pablo Valbuena han conseguido ya integrarse en los circuitos no sólo expositivos sino también comerciales del arte actual. Los premios siempre vienen bien y, con alguna excepción -cuando se otorgan a artistas decididamente mediocres, lanzando un mensaje equivocado a la sociedad sobre los criterios de calidad en el arte actual- a cualquiera debería alegrarle que se ayude a los artistas con talento. Pero me pregunto si no sería más “estratégico” premiar a artistas con más dificultades para abrirse camino. Dicho esto, es justo reconocer que, en mi opinión, son precisamente las obras de estos tres artistas las más sólidas y maduras de las expuestas. Si hubiera que otorgar un primer premio, yo lo daría a Paloma Polo, que participará pronto en el programa Fisuras del MNCARS y prepara una individual en el Museo de Arte Carrillo Gil en Ciudad de México. Lleva ya un tiempo trabajando en este proyecto, The Path of Totality, realizado en parte con una beca del MUSAC y adquirido -en una de sus presentaciones- por el CGAC en el pasado ARCO, con lo que los directores de ambas instituciones apuntalan con este premio sus inversiones. La concienzuda investigación que la artista ha llevado a cabo acerca de las expediciones científicas a lugares remotos para observar eclipses solares desvela apasionantes implicaciones acerca de la pulsión visual que desencadena tales aventuras y de la interpretación en clave escultórica de las construcciones que, con medios precarios, se levantaban en lugares inverosímiles.
Ixone Sádaba evoluciona positivamente y, tras la estupenda serie sobre los huracanes, da a conocer ésta, más contenida, con otro tipo de intensidad dramática, sobre la vida nocturna en un Irak devastado. Con una novedad en la presentación, que interpone entre el espectador y la fotografía unos cristales correderos. Por su parte, Pablo Valbuena hipnotiza al visitante con sus trazados de luz que modifican las arquitecturas y los objetos; su potente y reciente aterrizaje desde la arquitectura a las artes visuales se ha sustentado en este tipo de obras, por lo queda pendiente ver cómo avanzará en el terreno artístico.
Valbuena no es el único de los premiados que bien no tienen formación académica en bellas artes, bien realizan otros trabajos: diseño, publicidad o fotografía comercial. Es algo que podría tener su eco en la corrección “profesional” de buena parte de los trabajos, que se comunican con una pulcritud en la ejecución que es paralela a un distanciamiento emocional. Es el caso de las fotografías de Jorge Fuembuena, que fue finalista en el Premio de Fotografía de El Cultural y que ratifica con estas fotos de enclaves turísticos en Islandia su buen hacer; le convendría, no obstante, acentuar el punto de extrañeza que siempre se introduce en su trabajo. O los de Juan Margolles, del todo frío, Elena García Jiménez, en cuya propuesta pesa más la cuidadosa “manualidad” de las obras que su potencial de expresión de tensiones en la vida de artista nómada, y Xiqi Yuwang, uno de los menos conocidos, cuyas imágenes de un barrio valenciano no tienen nada de particular. También les falta un punto de elaboración a Axel Koschier y Belén Rodríguez, que parten en sus Efectos especiales de una idea sugerente que pierde fuerza en la realización. Santiago Taccetti y Natalia Ibáñez son los únicos que se lanzan con decisión a la experimentación formal, aunque el resultado sea modesto. Pablo Serret, finalmente, es el único que se la juega, en un frágil equilibrio entre el melodrama de superación personal y la acción plástica afirmativa.