Son quince euros para ver catorce esculturas, un conjunto de estampas, algunas fotografías y unos cuantos dibujos. El Palacio de Gaviria inaugura con esa exposición, Dalí infinito, una nueva etapa en su aprovechamiento económico que se fundamenta en la tentativa anterior de la empresa Arthemisia, a la que dediqué un artículo “Las exposiciones a comisión. Y el negocio Escher” hace un tiempo.
Frente a las muestras organizadas entonces en ese espacio, esta se anuncia como permanente. No se llama “museo” pero tiene ese planteamiento, y está claramente destinado a los turistas que abarrotan la calle Arenal, yendo o viniendo entre el Palacio Real y la Puerta del Sol. El éxito de público de la “fórmula Dalí” está bien ensayada. Los museos que gestiona la Fundación Gala-Salvador Dalí superan, en conjunto, el millón de visitantes anuales y otros dedicados al artista en el mundo —el de St. Petersburg, en Florida, el de Fukushima, el de Brujas, el de Praga o el de París— son muy populares.
Después de estudiar los procesos patrimoniales, empresariales e inmobiliarios involucrados en esta operación creo que puedo afirmar que TODO lo que la rodea está determinado por el afán de enriquecimiento. Les transmitiré lo que he podido averiguar en dos capítulos: el primero centrado en el origen de las piezas escultóricas que se exhiben y el segundo en el entramado societario que está detrás del proyecto.
Isidro Clot Fuentes y la mafia del mar
El “museo” se presenta como Colección Clot. Es importante saber quién era ese “coleccionista” y cuáles fueron sus propósitos y acciones para entender cómo llegó a enredarse tantísimo la edición de las obras escultóricas tardías de Dalí, hasta el punto que la Fundación Gala-Salvador Dalí no ha querido hasta hace pocos meses —tras reconsiderar sus criterios a este respecto— reconocer como obras de su autoría estas que se exponen ahora.
Es complicado reunir datos sobre Isidro Clot Fuentes. Nació en Tarrasa en 1921 y cuando aparece en el mercado del arte, en los años setenta, negociaba en un sector económico muy diferente: el de la pesca de arrastre. Y los ecos en la prensa del momento de esa actividad apuntan a prácticas muy cuestionables en su desempeño. En mayo de 1973, el boletín CNT Informa y la publicación Frente Libertariohablaban sobre las andanzas de Clot en aguas marroquíes: “Primero aparece el proteccionismo mafioso a través de Isidro Clot ‘El catalán’. Una banda de gangsters con Clot a la cabeza y unidos muy íntimamente al gobierno español y al marroquí cobra un canon de ‘protección’ por pescar en el Sur. Si una cofradía se niega a pagar, sus barcos son detenidos o ametrallados. Si alguien se opone en alguna cofradía, se le da una paliza o desaparece. El silencio es absoluto, nadie los conoce, nadie sabe nada. Pero de Barajas sale mensualmente una valija diplomática conteniendo el dinero del chantaje, vía a Suiza”.
Ese “negocio” se habría extendido en el tiempo, pues cinco años después, en 1978, el semanario andaluz Tierras del Sur, publicaba en su número 91 un reportaje titulado “Asuntos oscuros. La mafia pesca sin redes”, que también recogía las denuncias sobre una organización mafiosa que imponía a los pesqueros andaluces en las costas marroquíes cuotas mensuales a cambio de protección frente a las multas y la incautación de las artes de pesca que sucedían en un momento de gran inseguridad jurídica. La figura visible en esa mafia, según el artículo (del que se hace eco La Vanguardia), era Isidro Clot, “El catalán”, que “no operaba solo, sino que tenía sus enlaces, matones y guardaespaldas”. El reportaje cuenta también que “cuando Isidro Clot fue detenido en el aeropuerto de Barajas, poco antes de partir hacia París con un maletín donde llevaba el dinero recientemente cobrado a los pescadores, comunicó a estos que si no podía sacar el dinero de España, tampoco podría responsabilizarse de la normal actividad de las embarcaciones pesqueras”. Se menciona además que a Clot se le había instruido un sumario en el juzgado número uno de Málaga. He querido saber algo más sobre esto pero me resulta imposible personarme en Málaga para solicitar una documentación que muy probablemente se haya destruido, por el tiempo transcurrido, o que me sería denegada.
La galería Bruagut, Elmyr de Hory y Luis González Robles
Es tan rocambolesca la historia, tan poco acorde con su perfil de marchante de arte, que llegué a dudar si su protagonista sería otro Isidro Clot Fuentes. Pero hay unos apuntes en otro lugar que confirman que se trataría de la misma persona. Clot abrió en Madrid —en Serrano 27— una galería, denominada Bruagut (por los apellidos de su primera esposa, Teresa Bru Agut, fallecida en 1974). En ella vendía pintura antigua y, sobre todo, del siglo XIX pero tuvo su momento de mayor eco social y mediático cuando exhibió las obras del famoso falsificador Elmyr de Hory, en noviembre de 1976. Mark Forgy, secretario y acompañante del pintor, nos proporciona interesante información sobre la vida y el carácter de Clot en su libro The Forger’s Apprentice. Life with the World’s Most Notorious Artist (2012). “La galería de arte era la visión de un emprendedor hombre de negocios catalán, Isidro Clot. Antes de iniciar esta aventura comercial, poseía una flota de barcos pesqueros de arrastre y sabía más sobre pescado fresco que sobre arte. Era lo suficientemente rico como para preocuparse poco por lo que pensaran los demás, pero, al igual que Elmyr, conocía la importancia de las apariencias.Aunque el arte refinado tenía más prestigio que el bacalao o la caballa, era simplemente otro vehículo para ganar dinero. Cerrar tratos era lo que aceleraba su corazón, y estoy seguro de que latía alegremente aquella noche otoñal”. Isidro y Elmyr se hicieron amigos, e intercambiaban respectivos recuerdos de privaciones durante la Guerra Civil o en el campo de prisioneros. Sigue Forgy: “(…) se podía ver el asombro en los ojos de Elmyr ante la infalible prestidigitación financiera de Clot. (…) Su riqueza y su posición social, duramente ganadas, eran recompensas merecidas por sus respectivos talentos, su tenacidad y su supervivencia a dificultades aplastantes”.
Y reflexiona así: “Creo que el hecho de que Clot estuviera fuera de su elemento en el mundo del arte le preocupaba poco. Con buen criterio, dejaba ese ámbito especializado en manos de los artistas que representaba su galería. Su mundo era el de hacer dinero, y ese talento práctico le permitía transitar fácilmente desde la venta de peces resbaladizos hasta el mercadeo de obras de arte. Tampoco podría atribuirse su éxito únicamente a un extraordinario instinto mercantil. Su perspicacia y su astucia para leer a las personas le otorgaban ventaja en sus tratos. Su encanto y su disposición a agasajar con fastuosas recepciones a quienes deseaba impresionar eran tácticas que emplearía cualquier lobista eficaz”.
La inauguración fue un éxito. De Hory disfrutaba de la familiaridad con la jet set de Ibiza, donde vivía desde mucho tiempo atrás. “Un cronista de moda observó que las mujeres elegantemente vestidas representaban a casi todos los grandes diseñadores internacionales de alta costura”. Entre los asistentes estuvieron el duque de Cádiz, Alfonso de Borbón, y la actriz Ursula Andress, amiga de Elmyr, a quien Clot le pidió que luciera algunas de las joyas de Dalí que comercializaba.
Por su parte, Isidro Clot debía de tener muy buenos contactos no solo sociales y empresariales sino también políticos. Lo hace pensar su relación con el factótum de la promoción del arte español en el exterior en los años cincuenta y sesenta, Luis González Robles. Bruagut era una galería con posibles, que operaba en un mercado del arte en pañales y manejaba obras de importantes pintores del pasado, por lo que tendría algún peso en la escena artística: queda constancia de que organizó en mayo de 1975 una exposición de Joaquín Mir, en un local de la calle del Prado y de que participó en 1976 en Feriarte, que había iniciado poco antes su andadura. El catálogo que la galería envió a sus clientes con la invitación a la feria se acompañaba de una tarjeta de Andrés Campos Ramírez, yerno de Clot y, me da la impresión, director de facto de la galería.

A pesar del relativo “poderío” de Bruagut, resulta sorprendente que González Robles, al servicio del Instituto de Cultura Hispánica, decidiera aderezar un evento tan relevante como la inauguración de la embajada de España en Brasilia, que tuvo lugar en abril de 1976, con una exposición, Pintura española del siglo XIX, compuesta por obras de Sorolla, Rusiñol o Nonell que pertenecían a Isidro Clot. Esa misma exposición itineraría un mes después a Santo Domingo, siendo inaugurada por el presidente Balaguer y por los reyes de España, que iban en visita oficial.
Es igualmente chocante que fuera González Robles, según palabras del propio Elmyr de Hory en Televisión Española, quien organizó su exposición en la galería Bruagut. En la entrevista (minuto 1 h:38) se equivoca y dice “Luis García Robles”, pero se refiere inequívocamente a él. De Hory se muestra orgulloso de su galerista que, musita, tiene también contrato con Dalí, y alaba un retrato de Goya de “un almirante” que exhibía en ese momento (¿este, que está desaparecido?).
Las figurillas de cera, el secretario y el vil metal
Esos momentos de gloria son posteriores al primer acuerdo firmado en 1973 por Isidro Clot y Salvador Dalí. Sobre sus prolegómenos existen versiones distintas. En la primera, ofrecida por la viuda de Clot, el artista pasó un día por Bruagut y se encaprichó de un pequeño cuadro de El Greco, identificado como el San Pablo que se conserva hoy en el Teatro-Museo Dalí. Lo quiso comprar y el galerista le propuso un trueque: el apóstol a cambio de unos modelos para hacer joyas. La segunda me cuadra más y es la explicación que se dio en 1986, cuando se inauguró la nueva sala de exposiciones del Canal de Isabel II en el depósito de Santa Engracia con las esculturas en bronce que había producido Clot: “En 1971, el entonces nuevo secretario de Dalí, Enrique Sabater, ejerció su influencia sobre el artista para que éste, débil y enfermo, modelara con sus manos en cera las mencionadas esculturas” y, según otro artículo, “Enrique Sabater se encargó de encontrar un comprador para la colección, el empresario isidro Clot, que durante los siete años siguientes llegó a reunir medio centenar de obras”.
Enrique Sabater era el secretario y hombre de confianza de Dalí, con intereses crematísticos personales en su la comercialización de sus obras. Sabater se habría forrado a costa de Dalí, cobrando comisiones de hasta el 20% de los contratos para hacer ediciones de todo tipo, según contaba un artículo en El País en el que se constataban las excelentes relaciones entre este e Isidro Clot y se lamentaba descontrol absoluto sobre la obra seriada al que habían dado pie artista y comisionista, en su codicia: el anagrama Avida Dollars, con el que André Breton había mostrado su desprecio a Dalí, estaba plenamente justificado.
Quede claro: Dalí fue en gran parte culpable de todo el jaleo subsiguiente en torno a las ediciones de las esculturas de la llamada Colección Clot y de otras muchas obras seriadas. Dio vía libre a quienes fueron transmitiéndose los derechos de edición para inundar el mundo de figuras grandes y pequeñas, siendo seguramente consciente de que eran obras irrelevantes, de escaso valor artístico.
En una serie de columnas que publicó La Razón en 2004, Sabater reclama todo el protagonismo en la negociación (el primer contrato, dice, se firmó en su presencia) y en la asistencia a Dalí para la ejecución de las figuras de cera. Lo hace en guerra abierta con Robert Descharnes, que se erigió en experto y certificador de toda esta producción sobre la que sobrevuelan las dudas, y dando guantazos en otras direcciones: Andrés Campos, José Cabré y Carolina Artola, de los que sabremos más luego, salen muy mal parados.
No era la primera vez que Dalí se prestaba a firmar joyas. Su empeño más importante en este sentido lo constituyen los diseños que en los años cuarenta y cincuenta hizo para el millonario Owen Cheatham. El artista supervisó directamente la realización de las piezas que, después de dar muchos tumbos, hoy forman parte de la colección de la Fundación Gala-Salvador Dalí.
Ignoro si Isidro Clot conocería ese precedente pero el caso es que logró que Dalí se comprometiera a suplirle con figuritas de cera para hacer collares y pequeñas esculturas en oro. El contrato inicial establecía que serían al menos cinco modelos al año, por un plazo de cinco años prorrogables, y el precio de cada uno sería dos millones de pesetas. En 1975 se amplían las facultades de Clot —podrá reproducir los modelos en platino, plata, bronce y “materiales plásticos”— mientras que se fijan porcentajes para Dalí por cada edición: en ocasiones, estos permisos de edición incluían una contraprestación en especie, es decir, en «pruebas de artista» para él, y el paradero de muchas de esos ejemplares (cientos) que deberían haber integrado la masa hereditaria es desconocido.
¿Cuántas ediciones, de cuántos ejemplares, se hicieron finalmente? Intentar hacerse una idea les asegurará una buena migraña. Ni siquiera hay certeza sobre el número de modelos: 44 o 53. En 1975 Clot debía ir algo corto de cash y se asoció con el también marchante de arte Juan González-Quirós —con apoyo financiero de Pedro Masaveu— para seguir pagando a Dalí, haciéndose así con la mitad de los derechos sobre los modelos.

Aún hubo otro contrato, en 1977, del que no se dan detalles, y finalmente el acuerdo lo rompió Dalí en 1981, para consternación de Sabater, si bien Clot y González-Quirós conservaron los derechos adquiridos hasta entonces.
El uso de los diseños para hacer joyas fue limitado en cuanto al número de modelos —básicamente un Cristo en la cruz y una Madonna, con variaciones— pero extenso en cuanto a los ejemplares de cada una de las sucesivas ediciones. Y Bruagut convirtió el “business Dalí” en su carta de presentación y posiblemente su mayor fuente de ingresos. En diciembre de 1978 pagó una publicidad a toda página en ABC con este reclamo:“Usted puede poseer esta joya, obra maestra del Dalí de hoy, inspirada en el Dalí de 1950”. El texto proclamaba: “El valor de su más larga y silenciosa búsqueda, su propio Cristo. Fundido en oro de 18 quilates, la primitiva forma que el artista presintiera antes de 1950 y que plasmó magistralmente en su óleo El Cristo de San Juan de la Cruz toma hoy cuerpo meticulosamente definido, en su más pura creación de orfebrería. Como recreándose en la prolongación de los brazos, Dalí los encadena a un collar del mismo metal, trazando, eslabón por eslabón, una humanidad circundante que contempla, respetuosa y distanciada, el Cristo cabizbajo. La singular belleza de la joya, justifica plenamente su elección como exquisito regalo personal, o bien, para prestigiar las vitrinas de afortunados coleccionistas. Existiendo incluso variantes, enriquecidas con diamantes engarzados”. A continuación se listaban las joyerías donde se podía adquirir tal prodigio.

Las joyas se acompañaban de una certificación expedida por Exmundart S.A., una empresa creada por Isidro Clot y su yerno Andrés Campos, con sede desde 1979 en Panamá (paraíso fiscal). Allí se registró en ese mismo año otra sociedad del catalán, Clot’s S.A., y en ambas estuvo implicado, en papel de secretario, el jurista Fernando Torremocha, vinculado después al Partido Popular y con cargos importantes en organismos de regulación, que tuvo en estos momentos más tempranos de su carrera algún asunto “problemático” que involucraba a alguien que aparecerá más adelante en esta narración: Jesús Gil, alcalde de Marbella.
Se hicieron tantos ejemplares que todavía ruedan por joyerías, casas de subastas y portales de venta de segunda mano, como estos que publicita Milanuncios, en oro y en plata (ediciones de 1.000 y 2.000 ejemplares respectivamente), con fotos de los certificados que proveía Exmundart. Y vean aquí otra versión del Cristo, rodeado de una corona de espinas sobre placa de coral, en edición de diez; bien baratita.
Las primeras ediciones en bronce y las exposiciones promocionales
En septiembre de 1974 Clot había ya hecho, además de los collares, ediciones en oro en tamaño pequeño de siete de las esculturas —a razón de tres millones de pesetas por unidad— y presumía de que las estaba vendiendo como churros en todo el mundo. Según La Vanguardia, esas figuras iniciales en oro se expondrían ese año en el Teatro-Museo Dalí de Figueras, sin duda con la aprobación del propio artista.
A partir de 1982, de la producción de las esculturillas y las joyas se encargaría otra empresa en la que era socio el yerno de Clot: Diejasa (Diseños y Exclusivas de Joyería y Arte, S.L.) con sede en Málaga, que se lanzaría a la fundición en bronce. Entre 1984 y 1985 sacaron al mercado en este material la totalidad de los modelos, en principio en una edición de cuatro; vean la subasta en Bonham’s, en 2008, de las 44 esculturillas, en un solo lote que quedó sin comprador. Había que dar visibilidad a la inversión, así que Andrés Campos donó en 1985 a Reynolds Morse, uno de los principales coleccionistas de Dalí y fundador de su museo en St. Petersburg, la colección completa. En 1986, este museo montó una exposición con dichas piezas y a continuación se llevó la misma serie a la exposición que inauguró el Canal de Isabel II, antes mencionada.

Podemos entender ambas muestras como herramientas promocionales, dado que Diejasa iba a comercializar nuevas ediciones de esculturillas en bronce que, como las joyas, aún circulan en el mercado de segunda mano: vean aquí (página 115) una de ellas, en edición de 1.000, que se subastaba hace poco, pero aquí otra de 100. Diejasa hacía también gemelos, llaveros, alfileres… Todo bastante feo.
Isidro Clot falleció en 1991 y en 1998 Andrés Campos, que se había hecho dueño de esa parte de la herencia (para enfado de la segunda esposa del catalán, María Jesús Pérez), vendió los derechos sobre los modelos. Hizo dos lotes, que compraron sendos grupos de empresarios: de un lado, 2049 Arte Contemporáneo (Alberto Delclaux de la Sota, Alfonso Basagoiti Zavala y Fernando Garteiz Gandarias) en Bilbao y, de otro, Dalesart (José Cabré y Juan Javier Bofill) en Barcelona. Pero a Campos, al parecer, “se le olvidó” que ya en 1975 su suegro, Clot, le había vendido a González-Quirós la mitad de los derechos.
En la próxima entrega me ocuparé de las ediciones a gran tamaño que realizaron todos estos empresarios y el propio Juan González-Quirós pero haré ya una presentación de este personaje, clave en la “operación Palacio de Gaviria”, que falleció hace solo unos meses y al que han sucedido por sus hijos en el negocio Dalí.
Se denominaba a sí mismo Conde de la Carrera, aunque tal título no existe en la Guía de Títulos de la Diputación Permanente y Consejo de la Grandeza de España, según advirtió ABC, que describía un procedimiento tramposo en tribunales italianos para usar distinciones nobiliarias “de aquella manera”. Su pedigrí es otro: era hijo de un conocido psiquiatra, Pedro González-Quirós Isla, que fue jefe de la Falange en Cangas del Narcea, “defensor de Oviedo” (combatiendo junto a los sublevados) y concejal en la posguerra con dos diferentes alcaldes. Juan González-Quirós y Corujo fue coleccionista y marchante de arte: empezó como anticuario, con tienda en Oviedo, pero subió pronto de nivel. Presumía de haber sido asesor, desde finales de los sesenta, de Pedro Masaveu Peterson, con quien emprendería “varios negocios relacionados con el arte”, de Plácido Arango y de Juan Antonio Pérez Simón. Hizo, al parecer, mucho dinero en Argentina, donde compró para coleccionistas supongo que europeos.
Contó a ARTnews que en 1975, con Masaveu, realizó la mencionada compra de derechos a Clot, pagándole inicialmente 130 millones de pesetas. Hasta ese momento se habían editado solo nueve de los modelos, en oro, y según González-Quirós, fue Masaveu quien pagó los dos millones de pesetas por modelo subsiguiente, en cash —Dalí quería billetes—, hasta 1978. Quirós explicó que a principios de los 80 deshizo su acuerdo con Masaveu y él se quedó con los derechos sobre las esculturillas de Dalí, “que en ese momento no se estaban produciendo y no parecían muy lucrativas”. Luego sí lo fueron para él, y mucho.
De la cera a la acera
González-Quirós, Dalesart y 2049 Arte Contemporáneo constataron que, en las postrimerías del siglo XX y ya en el XXI, el mercado había cambiado. Y decidieron rentabilizar los derechos que habían comprado, sumando a la producción poco menos que industrial de figuras en pequeño formato otras ediciones de tirada más corta pero a tamaño mucho mayor, para espacios públicos, instituciones y coleccionistas de mayor poder adquisitivo.
La Fundación Gala-Salvador Dalí ha dado el espaldarazo a la exposición en Gaviria al reconocer que el propio Dalí autorizó en 1986, cuando estaba ya en las últimas, a Juan González-Quirós para hacer las primeras estatuas a gran tamaño a partir de los modelos sobre los que este tenía derechos.
Veremos cómo, tras él, los diferentes inversores organizaron sus respectivos negocios para dar un salto de escala, nunca mejor dicho, en la reproducción de estas esculturas tardías de Dalí pero me gustaría hacer ahora un primer balance. Como premisa inicial, tenemos que entender que en Dalí, del que podemos discutir sus luces y sus sombras como pintor, la práctica escultórica fue, digamos, accesoria: básicamente limitada a «objetos de funcionamiento simbólico» y a «decorados» de diferente tipo, incluyendo sus casas y su museo. Son sin duda interesantes sus esculturas-objeto, objetos surrealistas e instalaciones de los años treinta, que la Fundación Gala-Salvador Dalí ha documentado en su Catálogo razonado de esculturas online, de solo 34 obras (las de períodos posteriores están en proceso de catalogación). Pero él apenas modeló nada hasta que unos negociantes, Sabater, Clos y, luego, González-Quirós, le hicieron ver que podía ganar pasta si les permitía reproducir unas figurillas en cera intrascendentes. Era ya anciano cuando se dio a esta tarea que asumió probablemente sin escrúpulo alguno y sin alguna ambición artística. Los originales en cera, que yo sepa, no se han expuesto nunca y solo hemos visto algunos en fotos, pero si quieren hacerse una idea de su posible calidad escultórica echen un ojo a este adefesio que Dalí le vendió a un galerista de Hawai en 1977 para que lo reprodujera en metales preciosos, y que fue localizado no hace mucho.
Isidro Clot, Andrés Campos y Juan González-Quirós usaron la «marca Dalí” para hacerse de oro y luego “hacerse de bronce” pero, lógicamente, las piezas por ellos producidas no tuvieron relevancia alguna en el corpus daliniano, y los museos y las colecciones prestigiosas no entraron en su juego. Hasta que Robert Descharnes publicó, en 2003, Dalí: The Hard and the Sofl, libro que ha venido funcionando como un “catálogo razonado” de la producción escultórica del artista.
Descharnes era amigo de Dalí desde los años cincuenta, su último secretario —a partir de 1981, después la ruptura del artista con Sabater, con el que se llevaba fatal—, su biógrafo y uno de sus fotógrafos de cabecera. En 1986, cuando el artista tenía ya 82 años y estaba muy deteriorado, le firmó a Descharnes la cesión hasta 2004 de todos los derechos de explotación de su obra, que el francés gestionaría a través de la sociedad Demart Pro Arte. Cuando murió Dalí en 1989, dejando al Estado Español como heredero universal, comenzaron las disputas con Descharnes por esos derechos, que solo cesaron al cumplirse el plazo señalado, en 2004. Quiero decir con esto que Descharnes no era un historiador del arte riguroso haciendo una tarea de estudio sobre la obra daliniana sino alguien con intereses pecuniarios en el asunto, que cobraba por certificar ediciones.
El libro de Descharnes ha servido a casas de subastas y coleccionistas de medio pelo para avalar ventas y compras. Solo las colecciones grandes más “flexibles”, como la de Carlos Slim en México o la citada de Morse en St. Petersburg —recuerden que Andrés Campos le donó a este la colección de bronces, seguramente para prestigiarla— y algunos ayuntamientos españoles —como verán—, han respaldado la valoración de estas piezas, la cual se ha querido apuntalar, fundamentalmente, mediante numerosas exposiciones temporales… o “permanentes”, como esta que se ha montado en el Palacio de Gaviria, con presumible doble objetivo: hacer taquilla y servir de escaparate para la venta de las ediciones.
Con toda la información previa, consideren la veracidad de las palabras con las que los promotores de la exposición de las esculturas en Madrid hacen su presentación: “Lo que define esta colección escultórica respecto a otras obras creadas por el genio de Dalí es que son realizadas sin corresponder a un encargo o por motivos económicos. Surgen de su espontánea decisión de generar volúmenes que plasman sus propuestas surrealistas en el ámbito tridimensional, como objetos únicos y originales”.