Simulacros. El efecto Pigmalión

El Cultural. 6 de septiembre de 2006

Victor I. Stoichita
Simulacros. El efecto Pigmalión: de Ovidio a Hitchcock
Traducción de Anna María Coderch
Siruela, Biblioteca de Ensayo 47 (Serie Mayor). Madrid, 2006
344 páginas

En este admirable ensayo, Victor Stoichita hace de nuevo gala de su talento para desvelar en las obras de arte sus vínculos con la literatura, las creencias y la historia de la ciencia y de las técnicas. Como en su Breve historia de la sombra (Siruela, 1999) parte de un “mito de fundación” —la narración ovidiana sobre Pigmalión— y traza un recorrido desde la Antigüedad al siglo XX en el que toca, según los principios de la “antropología artística”, esos otros campos de conocimiento que constituyen los fundamentos culturales de las obras de arte, persiguiendo las “reverberaciones” del mito en distintas formas de creación: miniaturas medievales, pintura, escultura, fotografía y cine. Stoichita es intelectualmente ambicioso, y osado a la hora de aventurar interpretaciones. En algunas ocasiones es posible que el lector (y especialmente el historiador ortodoxo) piense que ha ido demasiado lejos, pero nunca podrá negar que sus teorías —o la manera en que elabora y enlaza las aportaciones de otros— son extremadamente sugerentes y que enriquecen nuestro entendimiento de la tradición artística.

Trabajo muy reciente (publicado este mismo año por The University of Chicago Press y traducido de forma transparente por su esposa y colaboradora Anna María Coderch) , El efecto Pigmalión pretende demostrar la persistencia, desde la Baja Edad Media, de la noción de simulacro, tan importante tras Deleuze y en la realidad virtual, que lleva la mímesis al límite entre el arte y la realidad. Pero no se trata tan sólo de una disquisición estética; en último término, la evolución de esta historia de “animación” amorosa de lo inerte revisa las concepciones sobre la esencia de la vida que se han sucedido en el pensamiento occidental. Y sabremos, al finalizar la apasionante lectura, que la existencia se ha asociado fundamentalmente a un transporte de fluidos: sanguíneo, nervioso y eléctrico.

Stoichita analiza en primer lugar los versos en que Ovidio, al hacer cantar a Orfeo su desesperación por la petrificada Eurídice, pone como ejemplo esperanzador la historia de Pigmalión que, enamorado de la perfecta estatua femenina que había creado, consigue que Venus intervenga dándole vida. Las primeras imágenes relacionadas con la narración son del siglo XIII, cuando Jean de Meun la integra en Le roman de la rose y la amplía con nuevos detalles que traducen tanto las prácticas amorosas de la época como las innovaciones artísticas y la evolución científica. Así, en las miniaturas que ilustran el roman, Stoichita descubre ecos del surgimiento del retrato en las esculturas funerarias yacentes (que deber dar impresión de vida y ser promesa de resurrección), de la teoría de la visión “por intromisión”, que explica una nueva pulsión escópica en el relato, y de la teoría de la “música del pulso”, que da cuenta de la mágica animación de la escultura a través de la música.

En el Renacimiento y el Barroco el mito pervive sin demasiadas citas literales, pero el autor encuentra variaciones del mismo en la preciosa y trágica historia de Pippo del Fabbro, que de tanto esforzarse al posar como modelo para una estatua de Baco (obra de Jacopo Sansovino), fue arrebatado por la locura dionisiaca y dio en la manía de componer con su cuerpo esculturas vivientes. Artistas como Pontormo o Piero de Cosimo —sugiere Stoichita— habrían recordado esa historia en extraños cuadros en que es difícil decir si contemplamos estatuas de carne o de piedra. Otra variación la busca en la leyenda del eidolon —escultura o fantasma— que fue llevada a Troya en sustitución de la bella Helena, y que tiene lazos con otro simulacro estatuario: la Hermíone de Cuento de invierno de Shakespeare, que se finge monumento escultórico en un panteón para escarmentar a su marido celoso, y que serviría de tema frecuente para los tableaux-vivants del siglo XVIII (¡retrato pictórico de una persona que interpreta a un personaje que finge ser una estatua!). Es en ese siglo cuando Stoichita detecta la auténtica “manía pigmalioniana”, con diversas elaboraciones literarias y multitud de representaciones artísticas. El descreído Siglo de las Luces habría utilizado el motivo para cuestionar el carácter divino de la creación del hombre. El alma reside ahora en el cerebro y lleva la animación al resto del cuerpo a través del sistema nervioso: un sistema de “nudos” y de reacciones que estaría en la base del lenguaje gestual en representaciones de Pigmalión como la de Lagrenée. Pero pronto la vida pasaría ser cuestión no ya de nervios sino de energía eléctrica, y Stoichita demuestra que el magnetismo de Mesmer y el furor de los fluidos energéticos determinan la versión que del asunto ofrece Girodet.

La fotografía y el cine marcan, en los dos capítulos finales, una multiplicación de reflejos. Se exploran en profundidad las interrelaciones de escultura, pintura y fotografía en la obra de Jean-Léon Gérôme quien, como Girodet, utiliza el tema para hacer una “puesta en escena” de los poderes del artista (cuestionados por Zola a través de su dramática descripción, en la contemporánea L´oeuvre, de la escultura de barro que parece querer moverse pero sólo se desploma). Estrategia que compartiría, según Stoichita, Alfred Hitchcock en Vértigo, película meta-fílmica cuya vinculación a Pigmalión no es tan convincente pero que desde luego es una historia de simulacros.

Lástima que Stoichita haya evitado el arte del siglo XX, que ha dado interpretaciones del mito como las de Paul Delvaux o André Masson (o acercamientos a él como el que tal vez hace Hans Bellmer con sus terribles muñecas). Con el respetable argumento de que deseaba llegar tan sólo a las puertas de la realidad virtual apenas roza lo contemporáneo. Habría sido igualmente interesante conocer su visión de otras obras cinematográficas tan influyentes como Metrópolis o Blade Runner, que desarrollan la dirección apuntada por La Eva futura de Villiers de L´Isle-Adam (que menciona casi de pasada)… aunque es cierto que éstos ejemplos tendrían más que ver con los autómatas evolucionados en los que parece haber derivado la historia de la estatua hecha mujer.