Javier Pérez

Javier Pérez. El negro animal totémico
Galería Salvador Díaz
Publicado en El Cultural

Asumir la condición teatral de la obra de arte tan contundentemente como lo hace Javier Pérez podría llevar al ridículo a cualquier artista que no sepa manejar a la perfección la puesta en escena, su coherencia con la acción y sus efectos sobre el espectador. Han transcurrido seis años desde la última exposición de Pérez en esta galería, cinco desde su retrospectiva en el Artium y cuatro desde que ocupara el Palacio de Cristal del Retiro. En este tiempo parece haberse acentuado en el artista el talento escenográfico, y también el alma negra que siempre se había dejado traslucir en su trabajo. Ya en las obras performativas y escultóricas con máscaras y prótesis de los años 90 había un componente de crueldad y hasta de sadismo que no se ha apaciguado. Pero ahora cabe incluso hablar de una estética “gótica”, que reelabora el viejo universo imaginario del esqueleto revivido, el monstruo y los objetos amenazantes. Y, como en las novelas góticas, se acumulan demasiados “episodios”, especialmente en la planta superior de la galería, donde se han yuxtapuesto fotografías y dibujos de diversas series que, aunque relacionables de una u otra manera con las instalaciones de abajo, agravan el evidente peligro de caer en el exceso dramático. Cada una de las obras, considerada individualmente, guarda mejor el equilibrio que el conjunto.
No obstante ese defecto en la dosificación, ésta es una exposición memorable. Recordaremos sin duda la gran instalación titulada Híbrido II, que fusiona formas arbóreas y animales con una presencia imponente. Absolutamente negra, realizada con resina de poliéster cubierta de polvo de carbón, simula un gran tronco de olivo —su centro se hizo con el mismo molde empleado en la pieza central de su exposición en el Palacio de Cristal— con forma de caballo colgado de una pata y abierto en canal. Renace la antigua asimilación de cuerpo humano y animal sacrificado que parte del Buey desollado de Rembrandt y aflora en diversos momentos de la historia posterior de la pintura. La hibridación a la que hace referencia el título se refiere en primer término a la fusión morfológica de animal y vegetal pero, como vienen a corroborar las fotografías de la serie Oda, en las que Javier Pérez se autorretrata abrazado al brillante lomo de un caballo, la pieza adquiere significados metafóricos más amplios cuando se lee en el contexto de la producción del artista. Por ejemplo, en la escultura situada a la entrada de la galería, Aria da Capo, los dos esqueletos danzantes al son del carrillón que reproduce ese fragmento de las Variaciones Goldberg de Bach muestran entre sus huesos de resina filamentos que son crines de caballo, empleadas por él anteriormente para tejer máscaras o trenzar látigos.
En las obras ahora presentadas, además de la creciente perfección en la ejecución que roza ya el grado máximo, se confirman tres características que se venían anunciando. Una es el énfasis en el color, siempre con implicaciones metafóricas. El rojo intenso que dominaba en el Palacio de Cristal deja paso al negro profundo en esculturas, fotografías y hasta marcos. Contrapunteado por el blanco, que suele darse en el maquillaje con el que el artista cubre su cabeza o su cuerpo desnudo —también muy en la estética teatral— y por el rojo, que aquí es o representa la sangre. Una gama reducida a los colores de la pintura primitiva, que precisamente representaba la unión ritual en espíritu con el animal totémico. La segunda sería el entendimiento de la realidad como una simetría vertical. Los esqueletos, colgados del carrillón, se reflejan sobre un espejo circular situado sobre el suelo, danzando en un mundo paralelo bajo tierra; los árboles rojos de la serie fotográfica Paisaje interior, emulan un sistema sanguíneo que igualmente crece hacia arriba y hacia abajo. Son escasas las obras escultóricas del artista que tienen una posición estable en el espacio: colgadas, desdobladas en reflejos, apoyadas en puntos móviles, amenazadas por su fragilidad, aluden a la fluctuación y la provisionalidad con las que la materia existe —en ese marco puede interpretarse la integración-desintegración de la cabeza de Línea de horizonte—. Algo relacionado seguramente con la marcada tendencia a lo performativo en su trabajo. Por último, se evidencia también el interés por incorporar el sonido como elemento plástico. No se trata de añadir una “banda sonora” a la exposición o a la pieza, como sí puede ocurrir en sus obras en vídeo, sino de incorporar objetos que emiten sonidos o música. En las dos versiones que ha hecho de Tempus fugit, las campanas de vidrio soplado son tañidas por badajos en forma de brazo gracias a un sencillo sistema mecánico; también es mecánica la música del citado carrillón, fabricado por una centenaria empresa suiza; e inaudible pero en estado potencial la del piano de media cola con cuchillas sobre sus teclas titulada irónicamente Aria da capo (Pianissimo).