Dibujos de Goethe

El Cultural. 28 de febrero de 2008
Círculo de Bellas Artes, Madrid

Viajes, esparcimiento y consuelo. Los dibujos de Goethe

Un caballero con tricornio y lazo en la coleta descansa de su paseo (lleva un bastón en la mano) recostado sobre la hierba. Es la imagen que abre esta extraordinaria exposición de dibujos paisajísticos de Johann Wolfgang von Goethe procedentes de la Klassik Stiftung de Weimar. Una de esas pocas muestras reveladoras, independientes de las exigencias de audiencia y de las modas, que cautivan al amante del arte. Por la escasez de obras de este período y entorno cultural en las colecciones españolas y porque, frente a otras exposiciones dedicadas por el Círculo a escritores con ambiciones plásticas, ésta sí tiene altura artística. Nos sitúa al gran escritor alemán casi a la altura de Victor Hugo y August Strindberg, quizá los dos autores literarios más relevantes como creadores de imágenes visuales; aunque más innovadores que él, y más volcados hacia los mundos interiores, comparten el recurso a la subjetividad como guía. Como el caballero sobre la hierba, a ejemplo de Rousseau y en sintonía con la sensibilidad del Sturm und Drang, Goethe encuentra en la observación de la naturaleza tanto un gozo anímico que es en ocasiones arrebatador como un modelo de aprendizaje. Su teoría del “conocimiento contemplativo” no puede desvincularse de sus viajes y salidas al campo, durante los que practicaba, según hacían amigos artistas como Tischbein —autor del famoso retrato en Italia— o Hackert, el dibujo al aire libre. A pesar de que no pretendía ser considerado como profesional, el elevado número de obras conservadas (unas 2.500) y el afán por publicar algunas de ellas en forma de grabados indican que el dibujo no fue para el un mero entretenimiento.
Javier Arnaldo, conservador del Museo Thyssen —¿por qué no se habrá hecho allí la exposición?— ha seleccionado 75 dibujos a través de los cuales es posible seguir la evolución de la técnica y de las ideas estéticas de Goethe. No puede decirse que fuera autodidacta, pues recibió lecciones de Oeser ya en Leipzig y procuró aprender de otros artistas —fue, por ejemplo, amigo de Angelica Kauffmann—, pero sí que procuró que el dibujo tradujera su mirada de una forma expresiva, no excesivamente atada por las convenciones. Como científico estudió los mecanismos de la visión y su original Teoría de los colores, escrita en 1810, si bien no tuvo mucha aceptación académica sí influyó en pintores como Turner, con el que coincide en el interés por lo atmosférico. En este sentido destacan en la exposición los sorprendentes dibujos de nubes, que ilustran la clasificación de las mismas por el británico Luke Howard y que hay que poner en relación con su actividad como inspector de los observatorios meteorológicos del Gran Ducado, así como la capacidad para reflejar las distintas condiciones lumínicas de los valles alemanes, las cumbres suizas o las llanuras italianas. Como su obra literaria, el rango estilístico de Goethe abarca del romanticismo al clasicismo. Perteneciente a una generación anterior a Runge o Friedrich, sus referentes fueron el paisaje naturalista holandés y Claudio de Lorena; pero combina en ocasiones esos modelos compositivos con una atención a los detalles, un acercamiento individualizado a las rocas o los torrentes, o a la entrada de una cueva que tiene como resultado las imágenes menos convencionales.
Otras curiosidades que tenemos aquí oportunidad de conocer son el dibujo imaginario de las Fuentes del Nilo con el lago Tana, insirado en la narración de los viajes de James Bruce; alguna escena disparatadamente romántica como La noche de Walpurgis o Juramento a la luz de la luna, ambas derivadas de su Fausto; o el Pequeño libro de viajes, esparcimiento y consuelo, que regaló a la princesa Caroline Luise de Sajonia-Weimar-Eisenbach, con paisajes de Bohemia y Turingia, recuerdos de Suiza e Italia y ensoñaciones como las vistas con letras monumentales en primer plano. Pero éstas son las excepciones. Los dibujos seleccionados nos hablan más bien de alguien con una concepción de la naturaleza que oscilaba entre lo bucólico y lo científico. Entre la efusión sentimental y la observación metódica, pero siempre teniendo como objeto la realidad física.