Ann-Sofi Sidén

El Cultural. 8 de noviembre de 2007
Galería Pepe Cobo, Madrid

El instinto anestesiado

El trabajo más conocido de Ann-Sofi Sidén en España, 3 MPH (Horse to Rocket) —expuesto en la galería Pepe Cobo en Sevilla en 2003 y en el CGAC en 2005—, es el que de manera más atenuada transmite una de las características más marcadas de su obra: la búsqueda de una respuesta visceral en el espectador, que es confrontado a situaciones incómodas, duras; no excepcionales sino muy humanas, pero excluidas de la visibilidad cotidiana. Sus obras sobre la locura, protagonizadas por una animalesca QM, Queen of Mud (reina del barro, interpretada por la propia artista), su exhaustivo buceo en el mundo de la prostitución en la frontera entre Alemania y la República Checa o la intolerable invasión de la intimidad de los ocupantes de un hotel son los hitos de ese acercamiento a lo perturbador. No se trata en su caso de reivindicar lo abyecto, o “lo inmundo” según lo define el purista Jean Clair, de regodearse en lo escatológico o lo banalmente provocador. El tono de Sidén no es, con excepción de esos primeros vídeos de QM (más teatrales y fantásticos) en absoluto enfático. Ha adoptado en varias ocasiones la mirada de la cámara de vigilancia, y su presentación de las “tramas” es, aunque fragmentada y muy intencionada, de tipo casi documental, realista. Y eficaz.

Esta triste historia, su producción más reciente (estrenada en la galería Barbara Thumm de Berlín en abril), lleva como título In Passing, haciendo referencia a la manera en que se topó con el tema del abandono de recién nacidos, mientras paseaba y vio la trampilla abierta a tal efecto los muros de una maternidad en Berlín. Formalmente, la obra se compone de dos proyecciones, de 14 minutos de duración. En la primera seguimos a través de pantallas deslizantes el caminar de la joven madre, probablemente una prostituta, desde que (¿recuerdo de relatos míticos, de viejos cuentos infantiles?) emerge de un área boscosa con un bulto entre los brazos. La noche va dejando paso a la luz. Sin dejar traslucir ninguna emoción, coloca a la niña en la trampilla y sigue su camino por zonas degradadas de la ciudad hasta que llega a una estación de trenes y se cambia de ropa, preparándose para retomar su vida. En medio de las dos salas de la galería hay un monitor en la que vemos a tamaño natural la trampilla, el umbral entre una y otra narración. Cerrada casi todo el tiempo y rotulada con la ambigua frase “Abrir sólo en caso de emergencia”, se ve su interior cuando el bebé es introducido por la joven y cuando es sacado por las enfermeras. En la sala pequeña, la otra proyección (desdoblada en dos pantallas) muestra el interior del hospital, como a través de cámaras de vigilancia. La apertura de la trampilla hace sonar una alarma para la recogida de la niña, que es llevada a una sala donde, también desapasionadamente, es examinada por una doctora mientras las enfermeras en prácticas observan sus operaciones, para ser finalmente introducida, tras cambiarla y curar su ombligo aún sangrante, en el aséptico nido. Sidén muestra todo el proceso en tiempo “real”, con una distancia hábilmente calculada, sin ningún dramatismo. Sólo intermitentemente nos deja escuchar los sonidos, exteriores e interiores. Los breves instantes en que escuchamos el llanto de la niña, la visión de su cuerpo desnudo contraído por el miedo y el frío, son suficientes para mover los instintos y encoger el corazón del espectador.

El doble punto de vista sobre el suceso adopta diferentes estilos visuales con sus correspondientes recursos técnicos. El caminar de la madre es acompañado por una cámara que se mueve en paralelo a ella. La imagen se desplaza también sobre la pared de la galería, deslizándose en la misma dirección en que avanza el personaje y atravesando la doble pantalla de proyección. Predomina así la idea de flujo espacial y temporal, que estaba también en la base de 3 MPH, el viaje a caballo de la artista a través de Texas (el propio título es una medida de velocidad: “millas por hora”) hasta el centro espacial Lyndon B. Johnson en Houston. Las escenas del hospital son, por el contrario, estáticas y en blanco y negro. Este modo de imagen no sólo replica el de los monitores de vigilancia, sino que, podríamos pensar, también se refiere a la visión de los bebés, que hasta el tercer mes de vida no perciben bien los colores (tienen un número reducido de conos) y miran un mundo casi gris. El contraste entre exterior e interior es señalado también por algunas coincidencias en la doble narración: mientras una empleada pasa la mopa por enésima vez al suelo del hospital, la madre atraviesa una zona llena de basura; cuando, al final, ella se cambia de ropa, a la niña le ponen nuevos pañales y a arropan en el nido. Esos “cruces” podrían apreciarse mejor si, como en Barbara Thumm, ambas proyecciones se hubieran enfrentado en una misma sala. Pero, con buena voluntad, se puede hacer justicia a este gran trabajo, nuevo acercamiento de la artista al mundo de lo instintivo. Aquí, a su trágica anestesia.