No es lo mismo. En estas semanas de museos cerrados, los esfuerzos de instituciones, empresas y artistas para inundar internet de contenidos culturales palían su ausencia pero nos hacen reflexionar, con urgencia, sobre la presencia y sobre el lugar del arte: sus espacios físicos y su espacio social.

Es la larga noche de los museos. Las obras que los habitan no desconocen la soledad: en los festivos y en las horas de cierre descansan de los visitantes que se las comen con la vista y que las envuelven en su húmeda respiración. Algunas dormitan en los almacenes. No pocas han sufrido el exilio o el enterramiento, en tiempos de guerra, o han tenido vacaciones en meses de reformas. Pero este imprevisto y prolongado distanciamiento de su público, que llega en un momento en que nuestra relación con las producciones culturales estaba ya en proceso de profunda transformación a través del consumo digital, supone un quiebro cuya dirección aún no está clara, y menos aún ante un hipotético futuro pandémico. La ausencia física, en todo caso, nos ha hecho reflexionar con mayor urgencia sobre lo que perdemos y lo que ganamos en esta mutación.

En estas semanas se ha acrecentado la oferta online de contenidos artísticos. Instituciones, galerías, revistas o los propios artistas han puesto en circulación nuevos proyectos digitales o han relanzado otros anteriores, con general éxito de visitas. Algunos de ellos tienen como objetivo suplir la experiencia real de las obras con simulacros cibernéticos que a veces incorporan valores añadidos: visitas virtuales con explicaciones y referencias, imágenes con niveles de detalle que llevan a una hipervisualidad sobrehumana o con manejo en 3D para hacerlas girar, “exposiciones” que posibilitan encuentros quiméricos… No existe el riesgo de confundir la obra con su imagen digital: la inmensa mayoría de quienes usan estas herramientas, que son de conocimiento pero también de entretenimiento, tienen muy claros los límites. Pero quizá no sobre subrayar, dadas las circunstancias, algunos aspectos de la presencia real del arte, y las restricciones que estamos sufriendo –inmovilidad y distanciamiento– me inclinan hacia dos ámbitos de existencia del mismo que se han visto especialmente modificados: el espacio físico y el espacio social.

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