Javier Garcerá

Catálogo Premio Arquitectos Técnicos de Asturias

El creador de espacios

El creador de espacios, obra ganadora del Premio Nacional de Pintura 75 Aniversario del Colegio Oficial de Aparejadores y Arquitectos técnicos del Principado de Asturias, es sin duda una creación singular. Su autor, Javier Garcerá, destaca entre las últimas generaciones de pintores españoles por su independencia, su coherencia y su afán investigador. Es un artista que practica la pintura plenamente consciente de sus bases históricas, sus fundamentos conceptuales y sus complejidades en un momento en el que el medio goza de nuevo del interés de la crítica y de los coleccionistas y en el que de nuevo se sitúa a la cabeza de la indagación plástica. Pero lejos de la sensualidad más fácil de algunos de estos nuevos avanzados de la pintura, o del oportunista apropiacionismo de las imágenes de actualidad, moda o publicidad —tendencias muy al uso—, Garcerá profundiza en unos espacios oscuros, inseguros y, desde luego, absolutamente suyos.

Este díptico, pintado al acrílico sobre parqué, forma parte de una serie titulada “El rey de la casa”, caracterizada desde el punto de vista argumental —si es lícito utilizar aquí tal palabra— por la presencia, en un interior doméstico, de un personaje masculino, solo, que desarrolla acciones ambiguas, intrascendentes, cuya función principal es poner en evidencia esa soledad y ese aislamiento, que facilita la observación de cómo la figura se inserta en un espacio. Cada cuadro es de alguna manera un “teatro” en el que se desarrolla el drama de la interrelación fondo-figura / soporte-imagen; la utilización, como base, de piezas ensambladas de madera para suelos puede hacer pensar en un “poner sobre las tablas” estos conflictos básicos de la pintura. El soporte de madera, por otra parte —que en algunas obras ha quedado a la vista, sin cubrir por la pintura, y en todas perceptible en una visión cercana y al tacto— es tremendamente pesado (se necesitan dos personas para mover cada pieza), lo que “estabiliza” metafóricamente unas formas que tienden a la ingravidez y la disgregación. Y, como suelo, conllevan una traslación del plano horizontal al plano vertical; una operación que se produce sin la deformación que la perspectiva habría impuesto: recordemos que los primeros pintores que quisieron aplicar sus reglas sin conocerlas bien y sin la suficiente práctica se limitaban a hacer fugar las líneas de los pavimentos que dibujaban.

Las fugas que Garcerá provoca son de otro tipo. Las formas parecen sufrir una tensión disgregadora que las convierte en partículas lanzadas al espacio que las envuelve; aún reconocibles —aunque a veces con dificultad— parecen ir a desvanecerse, creando en el espectador un sentimiento de estar contemplando un momento mágico y único. En esta obra, en particular, la figura, detenida a medio camino en las escaleras y con los brazos levantados, acentúa esa impresión general: no sabemos si está colgando —agarrada a algo sobre su cabeza— o si levita sobre el escalón. En el contexto de la historia de la pintura, la imagen remite al Desnudo descendiendo una escalera de Marcel Duchamp. Seguramente no fue la intención del artista hacer una cita, o un comentario, pero la relación es clara en cuanto a la configuración compositiva básica y, de otro lado, las obras coinciden en el trabajo de “descomposición” de las formas.

Paradójicamente, las cualidades “aéreas” de la pintura resultan de un procedimiento sumamente trabajoso que consiste en una acumulación de estratos. Hace años que Garcerá utiliza la fotografía como un componente para construir sus imágenes y, más recientemente, las herramientas digitales, asumiendo la evolución de la pintura contemporánea en dirección al mestizaje y la riqueza técnica. Sus últimos trabajos parten de la elaboración en el ordenador de espacios ficticios a partir de fragmentos de realidad; esas imágenes de base son tratadas después de manera que los valores lumínicos son transformados en valores cromáticos —una reducida gama de grises, amarillos, azules y carmines, básicamente—, y de cada uno de los colores hace unas reservas que usa como plantillas para aplicar el acrílico sobre el soporte. Es un proceso de estratificación que sigue un orden, de los tonos más oscuros a los más claros, y en el que es imaginable que el propio artista “pierda de vista” en ocasiones las formas. La conversión lumínico-cromática produce unas luces extrañas, coloreadas y rotas, que “caen” sobre los objetos y las figuras a la vez que las disuelven. Finalmente, cabe pensar que estos interiores no son otra cosa que espacios mentales, el espacio de creación en el que la visión es transmutada en imagen pictórica.