La edad de oro de la pintura holandesa y flamenca del Städel Museum

Oro para el Städel Museum
Museo Guggenheim Bilbao

Publicado en El Cultural

El Städel de Frankfurt ha sido uno de esos museos de tamaño mediano, fácil de disfrutar, con una elevada calidad media e imbricado desde antiguo en la vida cultural de la ciudad. En 2006 se hizo cargo de la dirección Max Hollein, que dirigía la Schirn Kunsthalle desde 2001; experto en marketing cultural y formado en la escuela de Thomas Krens durante los cinco años en que trabajó en el Gugghenheim de Nueva York, se propuso transformar el Städel en un museo a la moda. Había que ampliar -está en obras- y se necesitaban fondos: 40 millones de euros. En la actualidad, dos grandes exposiciones con importantes obras del museo circulan, en alquiler, por el mundo. Una de maestros europeos de los siglos XIX y XX -Lausana, Melbourne, Nueva Zelanda- y ésta de pintura holandesa y flamenca del siglo XVII que irá de Bilbao a Tokyo y otras ciudades japonesas.
El 28 de octubre el Städel reabrió tras permanecer casi tres meses cerrado. Me pregunto cómo se habrá disimulado tanta ausencia. Y qué compensación puede tener por prestar al Guggenehim no sólo esta muestra sino también otra anterior de grabados de Durero. Desde el museo bilbaíno aseguran que no han satisfecho ninguna “tarifa” para traer las obras, pero estoy segura de que algún tipo de trato económico, tal vez más amplio, se habrá establecido. Por otra parte, ¿qué sentido tienen ambas exposiciones en un museo de arte contemporáneo? El Bellas Artes de Bilbao parece un destino más lógico, pero “vende menos”.
La relación entre la Solomon R. Guggenheim Foundation y el Städel, además de la vinculación personal a través de Hollein, tiene como intermediario al Deutsche Bank, que financia junto a la fundación americana el Deutsche Guggenheim de Berlín y que ha depositado una parte de su colección de arte contemporáneo en el Städel. El entramado bancario se amplía con el patrocinio del Guggenheim Bilbao por parte del Banco Bilbao Vizcaya, especializado en el apoyo a las exposiciones más populares y mediáticas; al tiempo patrocina, en el Museo del Prado, el “pastelón” de Renoir).
Han venido 130 obras, entre las cuales hay obras maestras y obras rutinarias. Se ha querido llenar toda la tercera planta del museo con el resultado de que, incluso con un número de obras grande, los cuadros se quedan algo perdidos en las paredes. Eso sí, se han incluido casi todas las obras de primera categoría que el Städel posee de esta procedencia. Se echa sólo de menos una de las obras capitales de Rembrandt, Sansón cegado por los filisteos; falta casi compensada con el maravilloso David tocando el arpa para Saúl. Otros magníficos pintores vienen con obras muy significativas: El geógrafo de Vermeer ha merecido, exageradamente, una sala individual con la que se quiere subrayar la evidente excepcionalidad de la obra, mientras que la también irrepetible -aunque se hicieran varias copias del cuadro- Dama con copa de vino de Gerard ter Borch está a años luz de las escenas de género que la rodean.
La exposición se estructura por géneros pictóricos. La reducida sala de bodegones está bien seleccionada, y en ella destaca la mesa de peces de Jacob van Es. La pintura de historia es bastante floja aunque, por extraños, cabe citar El incendio de Troya de Bloemaert, el Orfeo entre las bestias de Savery y El baile de las ratas de Van Kessel. Hay algún buen retrato (Van der Helst) junto a otros mediocres. Varias salas se dedican al género mejor representado en esta colección, el paisaje, y el recorrido permite estudiar algunas de las tipologías más exitosas en el norte de Europa. Las escenas cotidianas con marco forestal o urbano, con Van Valckenborch; los altos en el camino, con Jan Brueghel el Viejo y el elegante Jan van Goyen; los temas navales, con De Vlieger o Van Os; los campesinos, con Aelbert Cuyp; los interiores de iglesias, con Van Vliet; las vistas urbanas, con Van der Heyden o Berckheyde… También escenas más “románticas” avant la lettre, como el bosque con eremitorio de Pieter Stevens, las ruinas italianas de Van Cuylenborch o las cascadas de Van Everdingen, en las que se inspiró el gran Jacob van Ruisdael, que suma cinco obras en la exposición.

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