Robert Longo

Robert Longo. La creación de un contexto de sentido
Galería Soledad Lorenzo, Madrid

No creo que Robert Longo (Nueva York, 1953) haya sido nunca un gran artista. Sus aventuras artísticas y musicales de juventud, con Cindy Sherman en Buffalo y junto a Richard Prince, David Salle y otros herederos postmodernos del pop en el Nueva York de fines de los 70 y de los 80 llamaron mucho la atención. Su larga vinculación a una potente galería de la ciudad, Metro Pictures, ha favorecido el interés del coleccionismo internacional por su obra aunque haya tenido crisis creativas evidentes y cada vez sea menor la atención crítica que merece. Pero hay que reconocer que Longo ha sabido reflotar su carrera con gran inteligencia, utilizando dos armas: la primera es una iconografía atractiva, de vocación universal, que gusta lo mismo a quien prefiere las imágenes hermosas e impactantes que a quien persigue en la realidad el símbolo; la segunda es la utilización del carboncillo en grandes formatos, que produce superficies aterciopeladas de gran sensualidad y convierte cualquier motivo en algo monumental.
Longo es un pintor —o un dibujante— que persigue la contundencia icónica. Su curriculum dice que se formó como escultor, lo cual ha tenido un eco persistente en su obra no sólo en aquellos cuadros en relieve en los que los cuerpos sobresalían de la superficie y en sus ocasionales piezas tridimensionales sino también en sus estrategias de representación bidimensional. Elige como motivo, por lo general, figuras exentas —de “bulto redondo”— con un contexto espacial muy somero o directamente privadas de él: los cuerpos retorcidos de Men in the Cities, las banderas negras, las pistolas, los superhéroes y más recientemente, en ese nuevo capítulo iconográfico “universalista”, las olas, los hongos atómicos, las rosas, los astros y las cabezas de niños. La excepción fue su serie sobre la casa de Freud (2004), basada en antiguas fotografías, que enlaza con una tenue línea argumental relacionada con lo onírico que se adivina en títulos de series como The sickness of reason o Monsters y, más evidentemente, en esta última sobre niños dormidos. Está inspirada en un cuento del poeta decimonónico alemán Theodor Storm, El pequeño Häwelmann, que recorre el cielo nocturno, hablando con la luna y las estrellas, desde su cuna. Resulta así muy natural que en esta exposición, como ya hizo a menor escala en su galería neoyorquina (2006), intercale sus grandes dibujos de estrellas, planetas y satélites y las cabezas infantiles. Este procedimiento también lo puso en práctica en su anterior muestra en Soledad Lorenzo, cuando yuxtapuso las explosiones nucleares a las rosas. Funciona bien, y nos facilita la tarea de encontrar un fundamento cultural y alegórico a lo que podríamos haber entendido, aisladamente, como vacías reproducciones. Porque estos grandes dibujos están hechos, como es normal en su trayectoria, a partir de fotografías apropiadas. En el caso de los niños, de Internet —salvo las de sus propios hijos y alguno de amigos—; en el de los astros, de medios científicos. Longo no tiene empacho en informar de que él no hace los dibujos sólo; a la manera de los viejos talleres, traza con ayuda de un proyector las líneas principales y deja que sus ayudantes hagan el trabajo, que después retoca. Estos hábitos de producción dejan en las obras un halo de frialdad, de distanciamiento, que refuerza el planteamiento previo. No creo que a la vista de estas obras se pueda seguir calificando a Longo de “neobarroco”. Hay más bien una intensificación de la vena escultórica mencionada, a través de la redondez de las formas, que recogen la luz de manera simplificada en sus superficies curvas. Por las calidades táctiles y lumínicas del carboncillo se salvan estas cabezas de la cursilería más absoluta y, de nuevo, por la inteligencia de Longo, que sabe utilizar la tradición artística en su provecho haciéndonos rememorar las cabezas cortadas del arte cristiano y del simbolismo (Odilon Redon) y que se sitúa a sí mismo en la estirpe moderna al citar, en dibujos más pequeños, a Brancusi y a Man Ray —la influencia de las máscaras africanas—, a Goya —Saturno— y a Pollock —el Number 31, una de sus composiciones más “estelares”—, construyendo un contexto de sentido para sus obras. Pero, a su pesar, también recordamos los espectáculos de Georges Méliès: las cabezas flotantes del Eclipse de sol en luna llena y la cabeza inflada de El hombre con cabeza de caucho.