Retratos de Nueva York

Nueva York, escenario para la fotografía
La Casa Encendida, Madrid
Publicado en El Cultural

Parece que los responsables de la programación de los centros de arte madrileños se han empeñado esta temporada en que conozcamos al dedillo la fotografía neoyorquina y, más en concreto, la promovida por The Museum of Modern Art. La iniciamos con la retrospectiva en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía de Edward Steichen, gran protagonista de la escena fotográfica en la ciudad primero desde Camera Work, la Photo Secession, la galería 291 y después desde el propio MoMA, cuyo departamento de fotografía dirigió desde 1947 hasta 1962. Siguió la presentación en Mapfre de la nueva colección de fotografía de la fundación con una selección de obras de artistas estadounidenses de tema urbano, muchas de las cuales correspondían a Nueva York, epilogada por la estupenda exposición de Walker Evans, quien mereció la primera individual de fotografía organizada por el museo en 1937 y tuvo una intensa relación con él. Finalmente nos llegó la muestra del reportero Weegee en la Fundación Telefónica, aún visitable, bien representado en la actual muestra en La Casa Encendida (con algunas imágenes coincidentes). Y menciono aparte a Zoe Leonard, cuya obra también se ha expuesto en el MNCARS: neoyorquina hasta la médula pero de otra cuerda.
Retratos de Nueva York ha sido comisariada por Sarah Hermanson Meister, conservadora adjunta del departamento de fotografía del museo. Está en España para coincidir, en mayo, con el congreso de The International Council of the Museum of Modern Art, que la ha patrocinado. Es una exposición de la “marca MoMA” que subraya el carácter de multinacional artística del museo. Siempre ha sido así: la historia oficial del arte moderno se ha forjado en él, y también la de la fotografía. Las obras que ingresan en este museo acaban siendo “las obras” de un determinado artista, y parece que no se pudiera dudar de la valía de quienes han merecido ser aceptados en la colección. Tal vez por eso abundan las donaciones por parte de los propios fotógrafos, que complementan con su generosidad las aportaciones de benefactores y archivos.


La selección que nos han traído no se restringe, sin embargo, a los nombres canónicos. Cronológicamente, abarca desde 1893, con una imagen de la Quinta Avenida nevada, de Alfred Stieglitz, hasta 2005, fecha de una de las imágenes de la serie Auto portraits de Michael Spano, que parece más antigua. Pero apenas hay obras de los ochenta en adelante lo que, junto al hecho de que todas las fotografías que integran la muestra son en blanco y negro —por razones de conservación, se dice en la introducción del catálogo—, otorga al conjunto un aire de mirada retrospectiva no actualizada. Algo que se contradice con la vitalidad de una ciudad en continua transformación y crecimiento, que sigue siendo meca de artistas y, entre ellos, de fotógrafos. Entre los 90 participantes hay maestros históricos como Paul Strand, Margaret Bourke-White, Steichen, Berenice Abbott, Imogen Cunningham, Charles Sheeler, Cartier-Bresson, Lisette Model, Irving Penn, Richard Avedon, todos con buenas obras y buenas copias.
La comisaria ha pretendido, como decía, no limitarse a la visión artística sobre la ciudad, incluyendo documentos gráficos sobre su arquitectura y sus gentes. Destaca en este sentido la presencia de quince de las trescientas fotografías que los conservadores del MoMA fueron invitados a rescatar, para el museo, en la “Morgue” o archivo fotográfico del periódico The New York Times. Son imágenes siempre curiosas que no chocan demasiado con la tendencia más “realista” de la fotografía artística, pero sí con la que se inclina hacia los valores formales o la que experimenta con el propio medio. El montaje sigue un orden cronológico no estricto y agrupa fotografías más o menos por temas, sin que se perciban las secciones muy claramente. Si entendemos que la pretensión es reflejar la multiplicidad de puntos de vista, la diversidad de la vida callejera, puede aceptarse semejante combinación algo caótica de autores. Sería una perspectiva lícita, en verdad cercana a la realidad de la práctica fotográfica, pero poco rigurosa desde un punto de vista historiográfico o educativo. Se trata más bien sin duda de una exposición popular, que sin duda tendrá gran éxito de prensa y de visitantes, por el doble reclamo: la ciudad más atractiva para la imaginación de muchos espectadores y el museo de arte moderno más célebre (¿o ha sido desbancado ya por otros?), dos mitos que se alimentan mutuamente en el contexto del negocio turístico y del consumo cultural.
Tras los maestros ya históricos, hay muy buenas fotografías fechadas en los cincuenta, como las de Robert Frank o William Klein, con una personalidad y una expresividad muy marcada. También denotan una mirada no convencional las de Rudy Burckhardt, las de grandes como Diane Arbus o Lee Friedlander, o las del siempre elegante Harry Callahan. En este capítulo fascina la cámara oscura creada por Abelardo Morell en una habitación, en la que se proyecta el Empire State sobre las paredes y la cama. Este autor introduce ya alguna extrañeza en el contexto en que se muestra pero hay sobre todo tres artistas que se quedan del todo fuera. Puede pasar desapercibido el encuentro con una vista de la Sexta Avenida completamente vacía de Thomas Struth, pero su obra se fundamenta en otras bases conceptuales que la de los fotógrafos que, literalmente, le rodean. Pero cuando llegamos a las imágenes de la serie Untitled, Film Stills de Cindy Sherman, que encima se han colgado separadas por considerarse que forman parte de diferentes secciones temáticas —una sobre la vida nocturna y otra no se sabe muy bien sobre qué, pero diurna—, saltan las alarmas. Las obras de Sherman, junto a la tira de fotomatón de Warhol, más anecdótica como obra fotográfica, llaman la atención sobre lo que falta en la exposición.