Paul Graham

El Cultural, 7 de febrero de 2008
La Fábrica Galería, Madrid

Paul Graham, secuencias sin argumento

Hay en la historia de la fotografía algunas constantes que atraviesan épocas y a las que se amoldan los estilos. Una de ellas, ineresantísima, es la de la narración secuenciada. La imagen única en la que se condensa una historia o un mensaje se impone con la pintura renacentista, pero la necesidad de desarrollar en viñetas, en marcos o en espacios sucesivos los episodios o los estadios de una acción ha mantenido viva esta forma de representación desde el arte rupestre. Relegada en las edades moderna y contemporánea a determinados formatos religiosos, al medio popular de la estampa y a la ilustración científica y periodística, resurge con fuerza a finales de los sesenta ligado a la documentación de acciones artísticas y de la fotografía de base performativa. Grandes como Victor Burgin, Vito Acconci, Douglas Huebler, Adrian Piper, Duane Michals, Jürgen Klauke, Sophie Calle y un largo etcétera han explorado las posibilidades de la secuencia de imágenes. Paul Graham (Stafford, Gran Bretaña, 1956) hace confluir esa línea de fuerza en la fotografía como proyecto artístico con la aplicación que ha tenido en la ilustración gráfica.


Graham, en The shimmer of possibility, un trabajo que se recoge, como es habitual en él, en forma de libro —esta vez doce volúmenes— teje pequeñas narraciones insubstanciales sobre personas o lugares con los que se cruza en su deambular cámara en mano. Frente a los métodos sistemáticos de los artistas antes mencionados, pensados por lo general al detalle y dependientes de una escenificación, Graham, fiel a su vocación documental, reúne abundante material que resulta de encuentros azarosos. Es cierto que siempre trabaja con un concepto en mente y con la intención de reflejar a través de lo aparentemente insignificante realidades sociales de gran calado, pero su propuesta es más el resultado de la “edición” que de la planificación.
Sobre esta serie de series ha dicho que su inspiración primera fueron los cuentos de Chejov, por su concisión y eficacia. Pero estas narraciones tienen muy poco de literario y parecen tener la función primordial de hacer comprender al espectador la mirada del fotógrafo, conseguir que se traslade con él en el desenvolvimiento de cada secuencia. No se trata tanto de historias como de observaciones con un desarrollo temporal y a menudo espacial. De hecho, la mayoría de ellas implican un desplazamiento: a lo largo de una calle, de una carretera, alrededor de una persona… Las pausas, las desviaciones de la atención del fotógrafo, quedan reflejadas. Las pequeñas crónicas, en los libros, se interseccionan sin perder el hilo pero modificando mutuamente su percepción. Residente en Estados Unidos, Graham estudia casi etnográficamente a las poblaciones suburbiales, en los límites de la pobreza o decididamente sumergidas en ella. El formato secuenciado, tal y como él lo utiliza, resulta en una cercanía forzada, una sensación física de “estar ahí”. En ésto, y en el clima existencial, casi religioso, de alguna secuencia —como la del vendedor de flores— radica lo más exitoso del proyecto. En el extremo opuesto, decepciona el convencionalismo de las imágenes en cuanto a sus valores visuales y estilísticos así como la subordinación a lo fortuito en un fotógrafo que, aunque no reniega de su vinculación a lo documental, debería demostrar más convincentemente que está en el circuito artístico por algo.