Manuel Saiz

El Cultural. 17 de enero de 2007
Galería Moriarty, Madrid

Sobre el parangón

Dice Manuel Saiz (Logroño, 1961) que, echando la vista atrás, descubre en su trayectoria una querencia a la comparación por parejas. Aunque ha producido en los veinte años transcurridos desde que comenzara a exponer —una de sus primeras individuales, en 1989, fue ya en la galería Moriarty— numerosas obras “unitarias”, es verdad que a Saiz le ha interesado siempre “la diferencia” o “el cambio” como herramienta de análisis de la realidad, por lo que se ha visto compelido a realizar obras compuestas por dos o más unidades variacionales. Recuerden, por ejemplo, los tempranos tarros de cristal con tierra, en los que los brotes de hierbas plantados alcanzaban progresiva altura. En aquellos años su trabajo tendía más a las piezas y las instalaciones escultóricas, pero estaba ya regido por dos principios básicos que se mantienen en su ideario y que podrían formularse así: “el arte es ante todo experiencia” y “el arte sólo existe en la búsqueda del arte”. En cada nueva obra el artista se interroga sobre esa esencia, tan acorralada hoy por todas las disciplinas creativas que no son arte pero que comparten recursos y circuitos con él, y concluye que el matiz diferenciador puede ser muy relevante. El esfuerzo de atención a las sutilezas sería, por tanto, uno de los componentes principales tanto de la producción como de la recepción del arte.

En esta exposición nos ofrece, a través de siete piezas, diversas posibilidades de “universos paralelos”. Saiz defiende que la formalización de cada obra obedece tan sólo a las exigencias de su correspondiente ideación de origen y reclama el no sometimiento a la tiranía del “estilo”. Es una manera respetable de trabajar, aunque se había agradecido una mayor homogeneidad en el “tono” de la exposición. Todas las obras se ciñen con coherencia al tema, pero frente al latido poético de algunas de ellas choca la mundanalidad de otras. Si exceptuamos el luminoso en que se ha dado el cambiazo al nombre de uno de los Beattles —que juega peligrosamente con el diseño y la cultura popular y se convierte sin quererlo en una pieza perfecta para el trivial mercado actual—, el resto de las obras se refiere siempre al proceso artístico: concepción, ejecución, exhibición y sistema económico. La concepción se teatraliza a través del doblaje, por parte de Saiz, de fragmentos de ocho de las entrevistas reunidas en la colección de vídeos Point of View, editada por el New Museum en 2005. Al entrar en la galería le vemos en un monitor dando explicaciones algo ambiguas y hasta contradictorias, en inglés o francés, sobre el trabajo artístico; en la pantalla que le da la espalda comprobamos que no son (forzosamente) sus opiniones sino las de Alÿs, Hill, Julien, Claerbout, Jonas, Kentridge, Huygue y McCarthy. Muy distintas maneras de ser artista encarnadas convincentemente por Saiz, en un eco de aquella otra obra, Being Luis Porcar, en la que John Malkovich doblaba a su doblador al español.

La obra más impresionante de la exposición es Duration Slice, instalación vídeo-objetual (piano y pantalla) en la que las dos manos que interpretan el complejo prestissimo de la Sonata nº30 de Beethoven pertenecen a dos pianistas: una joven y otra de avanzada edad, perfectamente coordinadas tras largos ensayos —la prolongada y paciente preparación es parte del modus operandi del artista—. Aquí, los mundos paralelos se revelan en la simultaneidad de dos tiempos diferentes, al igual que en la otra gran obra de esta muestra, Narcisuss, proyección reflejada en espejo de miradas al propio proyector —filmadas hace meses en un montaje provisional en el mismo espacio de la galería— y que acumula una superposición de situaciones tautológicas: en cuanto al lugar, al tiempo, a la imagen. Cortando ineludiblemente los haces de luz entrecruzada, el espectador también se desdobla, emitiendo una doble sombra y participando de esas dimensiones múltiples.

Las otras tres piezas aluden al contexto económico en el que el artista se mueve, casi como invitado de piedra. A la entrada, una placa dice que Manuel Saiz patrocina la galería; en una equívoca cita a Maurizio Cattelan, que hizo lo propio con su galerista Massimo De Carlo, el artista fotografía a Borja Casani (uno de los directores de Moriarty) colgado de la pared mediante cinta adhesiva; finalmente, transforma un mapa de Amsterdam en una Venecia para artistas, con las calles, muelles y canales en dialecto veneciano. En estas obras Saiz se opone a la pasividad del artista ante el entramado mercantil del arte y pretende desestabilizar las “ideas recibidas” sobre él. Pero me temo que aquí las sutilezas no resultan muy efectivas