Maite Camacho y Eva Mendoza

Texto para la exposición en el Centro de Arte Joven, Madrid
octubre de 2005

Maite Camacho y Eva Mendoza, a pesar de las claras diferencias tanto formales como argumentales que separan sus respectivos trabajos, comparten un rasgo que se ha convertido en práctica frecuente en el arte de los últimos tiempos: la dramatización, a través de la figura del propio artista, de las cuestiones o problemas que se tratan. Esta idea de drama conlleva una dimensión espacial —la presentación de un entorno, lugar o escenario en el que se desarrolla la acción— y una dimensión temporal —el transcurso de un lapso de tiempo tanto en la actuación original como en la lectura de la obra. Ésta tiene un carácter, de una manera u otra, narrativo, y provoca un deslizamiento, en cuanto a sus contenidos, de lo individual y privado a lo público y político.

De otro lado, ambas artistas destacan por su interés y su compromiso con el arte y la creación de la generación a la que pertenecen, y participan activamente en actividades de gestión y promoción cultural: Eva a través de Feedback, que organiza exposiciones y difunde audiovisuales, y Maite con la asociación Menosuno, que está a punto de abrir espacio en Madrid.


MAITE CAMACHO
Cartografía de una pérdida

En el proyecto Habitar Maite Camacho realiza una síntesis formal y conceptual del recorrido artístico cubierto por ella hasta el momento, y aúna su necesidad de delimitar y marcar los espacios en que nos movemos con una crónica, al tiempo íntima y política, de la pérdida de un entorno real que fue sobre todo un lugar de la memoria. De niña, la artista vivió un tiempo en una casa situada en el antes llamado Barrio de los Ángeles, demasiado cerca del hoy flamante Sanchinarro. La operación de los nuevos PAU, que no ha contribuido en absoluto a solucionar la carencia de vivienda asequible en Madrid, suponía arramblar con el viejo barrio y, como suele ocurrir, el desalojo se ha hecho sin tener apenas en cuenta a los vecinos, gente mayor que se enfrenta al desarraigo y, a menudo, a dificultades económicas para hacerse con una vivienda nueva. Camacho regresó a su antigua casa en 2003, cuando ya muchas construcciones estaban vacías y tapiadas, y ha vuelto a la zona en varias ocasiones, documentando su progresivo y protestado abandono. Con dificultades, entró en la casa y, casi a oscuras, entre cascotes y trastos, realizó una acción filmada en vídeo de la que surgen varias piezas de la exposición. Con un lápiz, trazó en la pared una silueta de la que partían raíces que se extendían por toda la casa a medida que ella recorría lentamente pasillos y habitaciones, y que se confundían con las grietas que ya surcaban los muros. Trazar los “límites” o señalar el contorno interior de una casa, de una estancia, es algo que había hecho ya antes, como en la hermosa instalación que pudo verse en el Centro Cultural de Majadahonda, en la que dibujaba virtualmente con su mano el contorno de un espacio abstracto, blanco, y borraba esa línea al volver a pasar sus dedos sobre ella. La línea es herramienta expresiva privilegiada en el trabajo de Maite Camacho, y es además una especie de representación metafórica de la presencia del artista en la obra. Explora y modifica los espacios, los objetos o el cuerpo con discreción, sutilmente, dejando en ellos o tomando de ellos leves rastros gráficos o sonoros. Habitáculo —espacio vital e íntimo— y cuerpo son conceptos equivalentes para ella, mentalmente cartografiables; esta analogía desvela la trascendencia del proyecto que ahora presenta.

En la casa abandonada, además, grabó el sonido producido por el arrastre del lápiz por las paredes —también en un recorrido lineal por su interior— en el que se adivina el desprendimiento de restos de yeso provocado por el acto de dibujar sobre él. Es una obra auditiva que, como en otros trabajos de este tipo de Maite Camacho, pretende obligar al espectador a reconstruir imaginariamente una experiencia sensitiva más amplia (grabó antes, por ejemplo, el contorno de su propio cuerpo) y, por qué no, visual.

En este montaje se combinan piezas en las que pesa fundamentalmente la información, la recopilación de documentos, con otras en las que esa realidad conflictiva a nivel social y emocional es transfigurada por la intervención de la artista. Vemos cómo fue su calle, las pocas fotografías que conserva de cuando vivía allí, y cómo hoy ya no queda nada. Las obras son, en cierto sentido, doblemente fantasmales: nacen en un momento en que se intentaba vanamente detener el desvanecimiento de los recuerdos y se dan a conocer cuando ya todo se ha perdido.

EVA MENDOZA
Secuencias melodramáticas

La palabra melodrama, nacida para nombrar el drama escrito para ser acompañado de música en su representación, pasó pronto a designar la “obra teatral, cinematográfica o literaria en que se exageran toscamente los aspectos sentimentales y patéticos”. En los viejos (y no pocos recientes) melodramas cinematográficos, las mujeres eran las peor paradas: amores frustrados, familias difíciles, vidas hechas migas. En Melodramatic Peach, Eva Mendoza lleva al paroxismo las adversidades a las que se enfrenta la mujer-melocotón, a la que se niega cualquier posibilidad de estabilidad, integridad, autonomía. La analogía que la artista establece entre uno y otro término se basa fundamentalmente en unas relaciones de apariencia y de valores: a una y otro se les pide que sean tiernos, suaves, redondeados, dulces… y ya saben lo difícil que es encontrar hoy un melocotón que sepa como los de antes.

Así que los “microcapítulos” del vídeo que la artista presenta y las dos series fotográficas que lo acompañan muestran diversas formas de imposibilidad, de mentira o de violencia, que ponen de manifiesto lo irresoluble (a día de hoy) de los conflictos de afectan a la mujer actual. Un asunto espinoso al que se responde —qué remedio— con sentido del humor. Eva Mendoza no pretende lanzar un manifiesto incendiario ni una cruzada contra estas situaciones: se conforma con desactivar, en la medida de lo posible, la solemnidad y la ausencia de autocrítica en el pensamiento y las actitudes sexistas por medio de la mofa y la caricatura. Para ello se vale de los lenguajes, perfectamente asimilados por todos, de la televisión y el cine, pero desplazándolos con clara comicidad a un ámbito doméstico en el que sus convencionalismos se hacen aún más evidentes. La artista se desdobla en mirona y objeto de su propio voyeurismo, que se subraya al resaltar el recuadro negro de la cámara-mirilla; en sujeto activo “masculino” —al manipular en el vídeo el melocotón/mujer— y sujeto pasivo —al transformarse en las fotografías en un extraño “injerto” víctima de su naturaleza híbrida.

La forma narrativa que ha elegido para comunicar estas realidades complejas es la de la lectura secuenciada, necesariamente ordenada, que tiene distintas manifestaciones en uno y otro medio. El audiovisual se estructura en breves planos-secuencia que se proyectan en progresión temporal, y las series fotográficas han de leerse linealmente para reconstruir la acción a partir de la sucesión de instantes detenidos. Mendoza, que estudió interpretación, y ha hecho sus pinitos en la ficción, sabe cómo poner en escena su privada —y espiada— representación, y a pesar de la sencillez de la misma ha estudiado cuidadosamente cada elemento, desde la utilización del plano medio, el más habitual en la televisión, en la grabación de las pequeñas performances a la deliberada insinuación de un escenario casero nada glamouroso. El trabajo de edición de las imágenes atenúa el color en determinadas áreas con la intención de crear asociaciones con las fotos de un añejo vodevil.

Pero en ningún momento debemos perder de vista cuáles son las cuestiones que se ponen en solfa: la invisibilidad femenina, que es propiciada paradójicamente por la excesiva e interesada utilización de su imagen; su necesidad de ser bella, de estar delgada, de ser seductora aun a riesgo de su salud y en detrimento de su libertad; su reducción a estereotipos tanto estéticos como sociales, que le reclaman que sea una perfecta madre y que tenga ambiciones profesionales; la exigencia de la pasión y el castigo de la pasión. Al acuchillar el melocotón y hacerlo estallar Eva Mendoza quiere desinflar, destruir el tópico tirano… o, al menos, hacernos ser siempre conscientes de él.