Los espejos del alma

Museo del Romanticismo, Madrid

Con la fidelidad de un espejo

Aunque tengamos un museo estatal dedicado al Romanticismo, este movimiento apenas rozó las artes plásticas españolas. Tuvo, desde luego, mucho más peso en la literatura que en la pintura. Aquí, después de Goya -el más romántico en espíritu-, Leonardo Alenza, Eugenio Lucas y Jenaro Pérez de Villaamil -el único que se dedica al género romántico por excelencia, el paisaje- deberíamos hablar más bien de un costumbrismo castizo, de un medievalismo tardío, de un retrato sensible, de un orientalismo decorativo… Nada parecido a lo que teoriza y describe Carl Gustav Carus en sus Cartas y anotaciones sobre la pintura de paisaje, donde reflexiona sobre las relaciones entre el arte, la ciencia, la religión, el espíritu y la naturaleza. Carus es uno de los veinte artistas que, a través de otros tantos dibujos pertenecientes a la colección del Museum Kunstpalast de Düsseldorf, nos ofrecen una introducción a los temas, los estilos y las derivas del romanticismo paisajístico alemán, desde 1788 y durante casi un siglo. Es una exposición de cámara, muy cuidada y muy apropiada para complementar la colección de nuestro museo que, a pesar de contar con un modesto presupuesto, se esfuerza meritoriamente en atraer al público a través de actividades participativas y de una intensa presencia en redes sociales.

El dibujo era entonces en Alemania una forma de arte autónoma, muy apreciada por artistas y conocedores, y con una cuota de mercado entre la burguesía culta. Tendemos a asumir que el plenairismo -la pintura al aire libre- es una creación francesa pero hay que tener en cuenta que en varias ciudades alemanas las academias de bellas artes contaron muy pronto con cátedras de paisaje, y que las salidas didácticas al campo eran habituales. Quizá el desinterés de los artistas españoles por el paisaje se remonte a esa exclusión del género de la dominante disciplina académica: la primera cátedra de paisaje no se creó hasta 1847 en la Academia de San Fernando -la dirigió Villaamil- y el plenairismo sólo se extendió con su sucesor en el puesto, Carlos de Haes, ¡a partir de 1857! Ludwig Richter, otro de los autores representados en la muestra, cuenta en sus memorias que, en esta práctica plenairista, los artistas de su entorno preferían el dibujo de línea limpia a la pintura para la representación detallista de la naturaleza, “con la fidelidad de un espejo”. Los paisajes más puros son aquellos que se sitúan en la estela de Durero -”nos enamorábamos de cada brizna de hierba”- pero también son emocionantes los que formulan los motivos del Romanticismo, como la ruina gótica, la figura del peregrino, el árbol viejo, grandioso, aislado, la cascada… Las fuentes artísticas y culturales son variadas: la ilustración científica, el Sturm und Drang, el paisaje clásico italiano, la jardinería inglesa… No hay, por supuesto, un modelo único de paisaje romántico alemán. El arco temporal es amplio, y las diferencias culturales entre los principales centros artísticos -Berlín, Dresde, Múnich- hace que la naturaleza aparezca de muy distinta guisa incluso en este reducido pero representativo grupo de dibujos. Los grandes están aquí: Caspar David Friedrich -recuerden la maravillosa exposición de sus dibujos en la Fundación Juan March-, Carl Blechen, Ernst Fries, Ernst Ferdinand Oehme, y otros menos conocidos que aportan sus personales perspectivas, las cuales incluyen territorios irreales como el del revival medieval o la reivindicación ingenua del idilio rural.

Un reproche final. Me parece mejor que bien que el museo quiera dar entrada al arte actual -ya ha acogido algún proyecto- pero, si quiere hacer una intervención en el espacio expositivo, que invite a un artista de verdad, y no a los arquitectos que firman éste y otros montajes anteriores de exposiciones, que ahora nos quieren presentar como artistas.

(Publicado en El Cultural)