La noche española

El Cultural. 20 de diciembre de 2007
MNCARS, Madrid

Más allá de la españolada

Se hacen pocas exposiciones en España como ésta. Interesará más o menos según las inclinaciones, pero nadie puede poner en duda el exhaustivo trabajo de investigación y reflexión invertido en su preparación. La he visitado con Patricia Molins y no tengo espacio para reflejar la cantidad de información recibida de ella. El catálogo no estará listo ¡hasta febrero!, así que recomiendo al visitante que la vea guiado por el folleto que se ha editado y que lea los resúmenes del seminario organizado el año pasado por la Universidad Internacional de Andalucía y el MNCARS sobre el tema (www.unia.es). No por dificultad de entender lo mostrado, sino por la cantidad de perspectivas y datos que caben y que contribuyen a su disfrute y aprovechamiento.

Ésta es una muestra que entreteje las aproximaciones de la historia del arte, los estudios visuales, la historia del flamenco, del teatro, del cine… Las obras y los documentos reunidos (un total de 400) demuestran que “lo español” sí es un tema de la modernidad internacional entre 1865, fecha del viaje de Manet a España, y el estallido de la Guerra Civil —que provoca un infarto mortal a La Argentina, estrella del baile español a la que se dedica una sala. Los comisarios no han pretendido hacer una exposición de grandes obras (que las hay) guiados por el gusto y las jerarquías artísticas actuales, sino perseguir las metamorfosis de una iconografía, una moda, un fenómeno cultural, una identidad, un fantasma. Lo que Ángel González afirmaba en su artículo de 1991 “La noche española”, incluido en el catálogo, es que “lo español” nunca ha sido una realidad sino un “exceso”, un estado de ánimo que aparece en momentos de crisis artística (también política, apuntan los comisarios), como síntoma de enfermedad. El título de la exposición es el de ese texto y a la vez el de un cuadro emblemático de Picabia que, por razones de conservación, no se ha podido traer. Lo que Picabia retrataba era una “sombra”, en la que González quiere ver la silueta del gran bailarín Vicente Escudero, que revolucionó el baile masculino español. Escudero, también con una sala monográfica, es paradigma de la doble dirección de las relaciones arte-flamenco; decía haberse inspirado en Picasso y se hizo fotografiar nada menos que por Man Ray, Weston y Steichen.

Pero eso ocurre ya en el último tramo cronológico de la exposición. Antes, vemos cómo los artistas europeos, sobre todo franceses, pasan del pintoresquismo falaz —que resonará durante mucho tiempo— a un deseo de conocer la cultura popular española. Dos grandes cuadros de Courbet y Manet (el famoso Guitarrista) dominan la primera sala, que deja paso a las variantes que va adoptando el asunto en España: primero como “disfraz” teatral, festivo o publicitario (Casas, Zuloaga) y luego, más ocscuramente, como uno de los ejes de la iconografía noventayochista (Solana, Regoyos, Nonell). A continuación se traza a través del motivo de la guitarra el camino hacia la abstracción en los primeros años del siglo (Ángeles Ortiz, Gris, Picasso, Lipchitz), concluyendo con las hasta ahora ocultas pinturas de Marius de Zayas, promotor artístico y de espectáculos clave para la exportación a Nueva York de lo español. Pero no sólo el cubismo utiliza temas españoles; también Sorolla, que retrata a Pastora Imperio o Anglada Camarasa, encuentran en lo “racial” motivo para acentuar el expresionismo en sus obras.

Música y danza son para las vanguardias cómplices en los golpes de modernidad; los artistas plásticos participan en los espectáculos con decorados y figurines, toman a músicos y bailarines como modelos y encuentran en esas artes expresiones rítmicas y ejemplos de libertad y autonomía que trasladan a sus creaciones. Ese es el marco en el que el flamenco llega a cautivar a los artistas más adelantados dentro y fuera del país. La bailarina española es motivo de experimentación formal en artistas como Hodler, Van Dongen, Archipenko, Delaunay, Severini, Picasso, Iturrino, Laurens, Gargallo… Y de una manera más radical en Picabia, Man Ray, Miró y Ángel Ferrant. En el capítulo de las colaboraciones para el teatro se subraya la importancia de Gontcharova —la conexión España-Rusia es señalada repetidamente— y de las producciones de Diaghilev en España, en particular de El sombrero de tres picos.

A esa etapa sigue otra ya avanzando hacia los años de la República, en la que se manifiestan casi virulentamente las contradicciones del tema español. De un lado, estalla la “españolada” con obras como las de Penagos, Romero de Torres o Sáenz de Tejada —y una creciente industria cinematográfica bien representada en la sala de cine que cierra el recorrido—, y de otro se produce un fructífero encuentro entre los jóvenes artistas y escritores más innovadores como Lorca, Dalí, Alberti, Maruja Mallo, Alberto o Ángeles Ortiz, que transforman poéticamente el universo flamenco y provocan otro de los momentos en que unas y otras artes se hacen aportaciones más directas. En el marco del viejo y continuado afán por definir la identidad nacional, los tópicos españoles son exacerbados y a la vez desvirtuados; el travestismo se revela como última y rompedora vuelta de tuerca de la afición al disfraz que se percibe en toda la pantomima española: Picasso se disfraza de torero y dibuja corridas con órganos sexuales como astados y mujeres en la lidia; Le Corbusier busca a las prostitutas en las Ramblas, el erotismo que burbujeaba en las representaciones anteriores se convierte en sexualidad explícita, al tiempo que las compañías se profesionalizan y conquistan al gran público fuera y dentro de España. Tras la guerra, las condiciones serán muy otras.

En fin, vayan con tiempo porque, entre todo esto, se intercalan numerosas y muy interesantes filmaciones, artísticas y documentales, que merece la pena ver con calma y son uno de los grandes atractivos de la muestra.