Jesper Just

Jesper Just. Cine sobre el cine
La Casa Encendida
Publicado en El Cultural

Cuando se escribe sobre la obra de Jesper Just (København, Dinamarca, 1974) es frecuente concentrarse en el intento de desentrañar su contenido argumental o en los detalles de la filmación. Es una aproximación pertinente, pues lo que parece interesarle es componer una situación dramática a través de un trabajo con actores. Pero quizá habría que aclarar antes qué es lo que estamos viendo. Las fronteras entre cine, corto y vídeo son muy permeables en nuestros días, en particular en el medio artístico. Si encontramos un audiovisual en un espacio para el arte tendemos a calificarlo mentalmente como “vídeo” pero, con independencia del tipo de cámara con que se haya grabado, lo cierto es que hoy conviven bajo esa denominación genérica multitud de producciones que se diferencian no sólo por sus características técnicas sino también por su esencia. Al contrario de lo que ocurre en las líneas de contacto del arte con la moda, el diseño o la industria de la música, que suponen pérdidas para el primero y una injustificado estatus artístico para los otros, la aproximación de cine y arte no resulta apenas problemática. Hay arte en las salas de cine y hay cine en las salas de arte. Pero, en general, el cine que se exhibe en los museos no es apto para las salas comerciales. Por su duración, por su renuncia a las convenciones narrativas o por manejar referencias visuales y teóricas que escapan al espectador estándar.

Aunque no exista una brecha entre el arte y el cine al margen de la industria, no podemos dar por sentada una total identificación. ¿Qué sería el trabajo de Just? Se vende en galerías pero se exhibe —así ocurre en La Casa Encendida— como proyección clásica, con asientos incluidos. Al espectador se le reserva un papel pasivo, no podemos hablar de instalación, ni de diálogo con la tradición o los lenguajes artísticos —sólo con el cinematográfico—. ¿Entonces? Jesper Just hace cortos raros, muy expresivos, muy cuidados en lo formal. Melodramas hiperbólicos que se sitúan en la cuerda floja entre lo conmovedor y lo ridículo. Y hace sagas: series de películas con los mismos personajes en los que sucede más o menos lo mismo. En su caso, el encuentro de gran densidad emocional entre su alter ego, el actor Johannes Lilleore —hasta se parecen— y un hombre de edad madura que le muestra patéticamente su amor. Hay otras tramas, variantes y desarrollos, pero esa es la principal. David Lynch, Fassbinder y hasta Almodóvar son relacionables con estas obras. Formalmente son irreprochables, pero todos los recursos que utiliza son fílmicos y no se puede hablar en pureza de una experimentación artística sobre la imagen. Como apuntaba, se cimentan en la dirección de actores, en su capacidad de expresar el conflicto sentimental. Y si las películas salen más o menos airosas de una contemplación no mediatizada por su éxito internacional es en parte porque éstos son excelentes intérpretes. Just consigue en verdad desconcertar al espectador al intercalar momentos de gran altura estética y de gran fuerza dramática con otros que rozan la payasada. Hace unos meses vimos en Madrid The music of regret, la película de Laurie Simmons que, como éstas, se basa en el género del musical melodramático. Y ahí radica su principal debilidad: la primera vez que se ve cómo uno de los personajes se arranca a cantar desafinando algún viejo hit parade a uno le da la risa. Hasta el “Cucurrucucu Paloma”. No sé si Just se toma estas actuaciones completamente en serio —espero que no— o si pretende hacernos conscientes de que las otras escenas de la narración son igual de artificiosas y afectadas que los números musicales —creo que no—.