Isidro Blasco

Palacios de la memoria

Galería Fúcares, Madrid
Publicado en El Cultural

En el catálogo de Las casas del alma (CCCB, 1997), decía J. Ramoneda que “el modelo de casa son las infinitas variaciones de una forma que tiene algo de forma perfecta, es decir, inmejorable en lo esencial aunque irrepetible en lo accidental”. Isidro Blasco (Madrid, 1962) lleva más de 20 años construyendo modelos de casas irrepetibles: por lo accidental y lo accidentado, y porque recogen y exigen una experiencia perceptiva que nunca puede ser igual. Cuando en 1994 comenzó a pegar en sus esculturas fotografías de exteriores o interiores arquitectónicos, Blasco abría la puerta a un laberinto de habitaciones comunicantes: independientes entre sí, como obras autónomas, pero interconectadas a través de sus características formales y, sobre todo, de su pertenencia a una gran edificación que comunica una trayectoria vital y artística y que tiene algo de los palacios de la memoria utilizados desde la Antigüedad como recurso mnemotécnico.
Sus casas y sus estudios -también algunas calles que ha recorrido- han sido reconstruidos en diferentes tamaños y con diversas tecnologías (low-tech). La excelente muestra comisariada por José Manuel Costa que se vio en Alcalá 31 y está ahora en la Diputación de Huesca recorría la evolución de los andamiajes en los que Blasco adhiere sus miradas al espacio circundante, con complejidad creciente hasta llegar a la cuasi-paranoia en las obras sobre Shanghai.
Esta exposición introduce novedades de gran interés. Está en su mayor parte compuesta de pequeñas esculturas, maquetas que no se convertirán en obras más grandes. Realizadas en madera, yeso y cartulina -y algunas piezas de barro con las que tal vez rinde homenaje a su padre, el escultor ceramista Arcadio Blasco-, incorporan algunas fotografías, pocas, a modo de apuntes para una continuación del trabajo, que no se producirá. Todo ese tejido intrincado de fotografías que evocaban la huella de la vida en los lugares -la segunda piel del espacio arquitectónico, ha dicho él- se ha reducido al mínimo. La arquitectura aparece en un estadio no sabemos si de construcción o de demolición; en ambos procesos, las casas se quedan en vigas, tabiques y escayolas. Se escayolan los huesos rotos, y en estos frágiles teatrini hay ciertamente una amenaza de fractura. La casa en los huesos, descarnada y despellejada.
La instalación que completa la exposición se titula, significativamente, El final de las cosas. Sobre una estructura mucho más grande se proyecta un vídeo que la desdobla y se desliza sobre ella: es una animación formada por secuencias fotográficas que remite a la prehistoria del cine y que tiene mucho que ver con la multiplicidad de imágenes con las que Blasco evoca los espacios. En una casa vacía y en ruinas una silla coja, una planta, una caja de cartón y una chaqueta danzan girando sobre sí mismas con acompañamiento de un piano melancólico. El rostro de una mujer, congelado en la pantalla de un portátil, se une a la coreografía y brilla más y más mientras se va la luz. De nuevo, hay algo roto y algo que se desnuda.

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