Isaac Julien

La fuerza del destino
Galería Helga de Alvear, Madrid
Diseñart nº 24. Febrero de 2008

La suntuosa narrativa visual de Isaac Julien (Londres, 1960) se enmarca en una línea de evolución del arte videográfico que toma del cine la sofisticación técnica, la calidad en las producciones y hasta la duración, pero manteniendo un nivel de experimentación formal y de subjetividad en el lenguaje imposibles en el mundo de la industria cinematográfica. En distintos rincones del mundo se están creando obras sensacionales en esta línea, como las del indio Amar Kanwar, el chino Chen Xiaoyun, el alemán Julian Rosefeldt, el coreano Chen Chieh-jen o los suizos Teresa Hubbard y Alexander Birchler.

Los trabajos más conocidos de Julien se caracterizan por el uso de varias grandes pantallas yuxtapuestas, en las que la historia se desarrolla mediante una alternancia de continuidad y ruptura, saltos, elipsis, con ritmo generalmente pausado y con un extremado cuidado estético —compositivo, cromático— de cada plano. La obra que ahora presenta en la galería Helga de Alvear de Madrid (hasta el 15 de marzo), Western Union; Small Boats, cierra la trilogía dedicada a los viajes compuesta también por True North (2004) y Fantôme Afrique (2005). El punto de partida de ésta es la tragedia de los africanos muertos en el mar Mediterráneo a bordo de las pateras en las que embarcan en busca una vida mejor. Julien ha dedicado varios de sus vídeos a recuperar la memoria de la raza negra en el contexto postcolonial: vidas ejemplares —el escritor Langston Hughes, el explorador Matthew Henson—, momentos culturales —la industria del cine en Baltimore— o realidades socioeconómicas como la que refleja ahora. La travesía de los emigrantes es puesta en relación, en perspectiva histórica, con el traslado en los barcos negreros de los esclavos y con la “construcción” de lo africano como un conglomerado de imágenes exóticas que se hizo desde la rica Europa. Así, las pequeñas barcas, tras cruzar el Mediterráneo de Sur a Norte, llegan a la onírica playa de la Scalinata dei Turchi en Agrigento, Sicilia, desde la que se efectúa un salto a los interiores del palacio Gangi de Palermo, a los lujosos salones en los que se rodó El Gatopardo. Las secuencias más subyugantes tienen lugar en él: la que contrapone un ahogamiento en el mar con otro (escenificado) sobre el pavimento de cerámica pintada con olas marinas del salón de espejos del palacio, y la que muestra a los bailarines que protagonizan este trabajo rodando escaleras abajo y escaleras arriba (invirtiendo temporalmente la filmación y girando la cámara 180 grados).

La presencia estelar de la danza es seguramente el rasgo más novedoso de esta obra en el contexto de la trayectoria de Julien. El coreógrafo británico Rusell Maliphant fue el encargado de idear los movimientos de los personajes, que no “bailan” en un sentido tradicional sino que representan con sus cuerpos las ideas rectoras y los avances de la acción, y se someten a las fuerzas de la naturaleza y, metafóricamente, a la fuerza del destino. Además, tanto en en el teatro Sadler’s Well de Londres como en el festival neoyorquino Performa (en octubre y noviembre respectivamente), las proyecciones de la trilogía de Julien sirvieron de fondo a nuevas coreografías de Maliphant, en las que los bailarines interactuaban con las imágenes. Y, en esta exposición, se muestra de forma independiente un “epílogo” en el que dos hombres se amoldan a las formas erosionadas y onduladas de la roca de la citada playa como si flotaran entre olas petrificadas.

En la trilogía, el paisaje es el elemento que aglutina de manera más evidente el conjunto. Un paisaje de abolengo romántico —recordemos que el naufragio es uno de los temas clásicos de esa tradición— que, de tan deliberadamente sublime, se sitúa a menudo al borde del amaneramiento. La obsesión estética puede hacer dudar de las prioridades del artista, y podría llevarnos a preguntar hasta qué punto está implicado en las problemáticas —raciales, históricas, de libertad sexual— que trata y hasta qué punto utiliza esos asuntos a los que la corrección política nos obliga a atender para reforzar el éxito de su trabajo.