Ignacio Uriarte

262.144 celdas
Galería La Fábrica, Madrid
Publicado en El Cultural

Qué obsesión la de Ignacio Uriarte (Krefeld, Alemania, 1972) con los números. Que estudiara Administración de Empresas —su bienhumorado trabajo podría hacer sospechar que es una leyenda que se ha inventado para hacer más incisivo su manejo de las herramientas del contable— antes de dedicarse al arte explica tan sólo en parte esta fijación por las secuencias crecientes y decrecientes o por las permutaciones. Él mismo ha manifestado en algunas ocasiones, como en la entrevista que le hizo para El Cultural Javier Hontoria hace año y medio, con ocasión de su primera individual en la galería barcelonesa NoguerasBlanchard, que sus referentes hay que buscarlos en el arte conceptual de los años sesenta y setenta, pasado por el tamiz irónico de artistas más recientes como Jonathan Monk, Roman Signer, Richard Artschwager o Liam Gillick. El conceptual tuvo entre sus rasgos más destacados la introducción de la sistematicidad en los procedimientos y las presentaciones. Numerosos artistas generaron personales métodos o regulaciones para producir obras que establecían una negociación entre el caos de la realidad y el orden del sistema utilizado para aproximarse a una determinada parcela de ésta, o a un asunto.

Esos métodos eran a veces arbitrarios, hasta caprichosos. Es el caso, por ejemplo, de las tipologías establecidas por Douglas Huebler a finales de los sesenta, Location Pieces, Duration Pieces y Variable Pieces, en las partía de un plan preconcebido para fotografiar a los sujetos de su observación de acuerdo con un esquema temporal, a determinados intervalos, o de manera que se cumplieran ciertos requisitos, como haber pronunciado unas palabras o haber pasado por un punto. Ahora mismo podemos ver un par de secuencias de este tipo de Hans Peter-Feldmann en la exposición sobre los años 70 en el Teatro Fernán Gómez de Madrid, y podemos recordar, en el mismo ámbito de la fotografía, trabajos de Vito Acconci, Mario Merz, William Wegman o Jürgen Klauke. De la misma manera, algunos artistas minimalistas jugaron con las posibilidades de la adición y permutación de unidades en sus obras escultóricas. Respecto a los ancestros conceptuales, las obras de Uriarte, que se refiere a sus métodos como “rutinas”, resultan algo frías y autorreferenciales. Su “arte de oficina”, que tiene un gran atractivo y está planteado con ingenio y realizado con gran eficacia, queda finalmente más cerca del minimalismo por su casi total ausencia de contenido más allá de la norma numérica. Sus obras son fundamentalmente “ejercicios” formales. Variaciones siempre ocurrentes de un mismo tema: los materiales de escritura y los instrumentos informáticos de cálculo. Dibujo, fotografía y vídeo se integran a la perfección en sus exposiciones que hasta ahora guardan entre sí, por esa fidelidad argumental que mencionaba y, como no, por la extrema brevedad de su trayectoria artística —su primera individual es de 2004— una gran coherencia.
Esta vez, presenta en la planta de abajo de la galería Papierballfall, una de sus “obras-reloj” basadas en la medición del tiempo. En dos minutos, vemos cómo se arrojan en una papelera 120 bolas de papel, una por segundo, de tamaño primero decreciente y luego creciente, con la consiguiente variación en el ruido que producen al caer. Arriba, una sucesión de diapositivas cuenta del 1 al 40 y del 40 al 1 con bolígrafos que forman números romanos. Es una obra de buscado aspecto “analógico” por el empleo de fotografías en blanco y negro, numeración arcaica, bolis de los de siempre y diapositivas en lugar de vídeo digital (que sí usa en la primera obra citada). Por el contrario, las dos impresiones llamadas Zahlenwerk, exploran las posibilidades de la contabilidad con base tecnológica. Son dos hojas de Excel en su máxima extensión, 256 celdas de ancho, que se desdoblan y son numeradas del 1 al 256 y al contrario: 262.144 en total. La cantidad de información gráfica de cada número —la diferente carga de tinta necesaria para escribirlo— produce líneas diagonales y un efecto calidoscópico sorprendente. Mucho menos interesantes son las dos fotografías cenitales de su escritorio vacío, aunque desde luego tengan sentido integradas en el conjunto. La idea, dice Ignacio Uriarte, surge a partir de la herramienta. Hasta el momento, ha conseguido con nota que folios y cuadernos, lápices y bolígrafos, cartuchos de tinta, compases, archivadores, máquinas de escribir y software ofimático produzcan buenas ideas, pero siempre plásticas. Le queda por demostrar que puede ir más allá del comentario irónico del los instrumentos.