Hiraki Sawa

El Cultural, 31 de enero de 2008
CAB Burgos

Hiraki Sawa. El fluir del tiempo

Hasta ahora, Hiraki Sawa (Ishikawa, Japón, 1977) había destacado en el ámbito del vídeo de animación por su capacidad de prendar al espectador con sus fantasiosas situaciones domésticas. Imaginaciones de niño grande enclaustrado en un apartamento londinense surcado de objetos voladores o móviles, de pequeños animales que desfilan sin pausa por el lavabo y la bañera, los alféizares de las ventanas y las estanterías. Sueños lúcidos narrados con un lenguaje codificado, basado en un alfabeto pictográfico en el que determinadas imágenes ser repiten en diferentes obras: avión, árbol, noria, cabra, casa, elefante… Esas formas se agrupan a veces en configuraciones de raigambre medio-oriental, formando procesiones o círculos, y remiten en cualquier caso, como sus aviones despegando hacia las lámparas, a la tradición de los viajes imaginarios. Una buena representación de estos trabajos anteriores complementan, en el CAB, la presentación de la última producción del artista, una instalación de seis pantallas titulada Hako (caja) y coproducida con la Chisenhale Gallery de Londres, donde ya se mostró el año pasado.

La encantadora vida secreta del apartamento de Sawa que, aun con su gran atractivo no dejaba de ser un juego cuasipueril, ha dado paso a este proyecto más maduro y más complejo que permite predecir un futuro bien interesante para el artista. Sawa se ha asomado al exterior y ha utilizado filmaciones de una central nuclear en la costa japonesa y de un antiguo santuario sintoísta en medio de un bosque como base para algunas de las animaciones. En otras, ha empleado maquetas de interiores vacíos. En todas, superpone capas en las que se fusionan lo real y lo virtual con tal perfección que resulta casi imposible distinguirlos. Un agigantado reloj de casa de muñecas marca la hora real en la pantalla más cercana a la puerta, sugiriendo una clave interpretativa del conjunto como una meditación sobre el tiempo; de la Tierra y de la memoria. Los cinco vídeos comienzan y terminan simultáneamente con un papel pintado decorado con volutas blancas, que podemos entender como “pantalla de proyección” de lo imaginado. Pronto comprobamos que cada una de las narraciones se relaciona con las demás mediante reapariciones de objetos o lugares y, sobre todo, por la presencia del agua. El tiempo fluye y el agua fluye; corre en el arroyo junto al templo, cerca la cabaña en la costa, rompe en las rocas del cabo o emerge con fuerza entre las olas, como residuo de la central nuclear. El día se acaba y en la progresiva oscuridad las sombras se animan, se vigilan los rincones a ras de suelo, los musgos y las piedras dan lecciones de silencio. Con una banda sonora minimalista y perfecta compuesta por la compañera de Sawa, éste cuestiona las fronteras entre naturaleza y artificio, entre verdad y creación, mostrando diferentes formas de tránsito —como movimiento y como transformación— y demandando del espectador una gran atención al detalle y al sentido. La “caja” del título hace referencia a las cajas de arena — en las que el paciente ubica objetos simbólicos— utilizadas en el psicoanálisis. En cada uno de los escenarios, todos los elementos han sido colocados por el artista, no estaban ahí. Hablan de una amenaza a lo natural pero también de los poderes creativos y curativos de la imaginación.