Eugenio Ampudia

Abierto por Obras, Matadero, Madrid

Cada artista que ha participado en el programa Abierto x Obras, que cumple ya su octavo año de funcionamiento, ha introducido en la sala frigorífica de Matadero sus intereses, sus preocupaciones y su línea de actuación estética. Hemos visto aquí intervenciones muy diferentes, con un elevado nivel artístico medio, pero quizá las mejores hayan sido las que han aprovechado al máximo la cualidad de laboratorio de experimentación espacial que se ha dado a esta nave.

Eugenio Ampudia (Melgar, Valladolid, 1958) no es un artista formalista: todo su trabajo está recorrido por una indagación histórica y socioeconómica que ha tocado multitud de puntos sensibles tanto para la ciudadanía en general como para la comunidad cultural. Sin embargo, y sin menospreciar el sustrato crítico de este nuevo proyecto, creo que su indudable éxito radica en la extraordinaria transformación, de enorme belleza, que ha efectuado en el espacio. Y no es que haya inventado la pólvora: inundar un interior para provocar su duplicación por espejado es algo que ha hecho muchas veces, por ejemplo, Per Barclay… y el juego entre realidad y reflejo acuático ha sido explotado, entre otros y con otras intenciones, por Bill Viola o por Axel Hütte. La configuración física hace pensar de inmediato en antiguas cisternas hipóstilas como la Basílica en Estambul. PeroAmpudia ha medido tan bien los efectos y ha planificado tan inteligentemente la experiencia que ésta adquiere una profundidad (nunca mejor dicho) inesperada.

Y, como decía, existe una justificación argumental que, aunque no es meridiana y tal vez resulta algo endeble frente a la potencia visual de la intervención, apuntala su pertinencia. Se trata de una instalación interactiva, que es activada mediante las llamadas, perdidas y por tanto gratuitas, que los visitantes hacen a un número de teléfono móvil; un mecanismo relativamente sencillo hace que cada una (pueden recibirse hasta diez a la vez) haga burbujear un punto distinto en el estanque, formando leves ondas que desdibujan durante unos segundos el reflejo y que aluden a los campos electromagnéticos de la telefonía inalámbrica. Podemos percibir un punto irónico en este “hablar debajo del agua” pero el artista pretendía ante todo aludir a las comunidades y las redes comunicativas, y a los intentos de control sobre la democracia más básica, la del intercambio del conocimiento, en las “procelosas aguas” de las herramientas tecnológicas.

El título, Cada palabra es como una innecesaria mancha en el silencio y en la nada, es una de las más citadas frases de Samuel Beckett, que la pronunció en una entrevista de 1969, tras ganar el Nobel, y con la que se refería a la dificultad de seguir escribiendo. Aquí no sólo se ha modificado su sentido original sino que parece haber sido forzada para contradecir la pulsión de comunicación instantánea que nos abrasa. En una muy afortunada utilización de un elemento preexistente, Ampudia incluye visualmente en la obra el luminoso con la palabra “Información” situado justo enfrente de la puerta de acceso a la sala.

Y le da un giro más a la tuerca, muy oportuno e interesante: esa instantaneidad interactiva se combina con el borrado de las distancias geográficas gracias a la combinación de la telefonía e internet: también los visitantes virtuales podrán activar la instalación desde cualquier rincón del mundo y a cualquier hora, con sus llamadas, y comprobar el resultado en la web de Matadero a través de una webcam.

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