Entrevista a Ed Ruscha

Publicado en El Cultural.

Mañana se inaugura en el Palacio de Velázquez “Edward Ruscha: Made in Los Angeles”, una importante retrospectiva que toca todos los períodos de la trayectoria del artista y todas las disciplinas que ha practicado. Ruscha, que pertenece a la generación del pop americano clásico -Roy Lichtenstein, Jasper Johns o Andy Warhol-, es en muchos aspectos inclasificable, como demuestra en esta entrevista concedida a El Cultural, en la que cuestiona algunas de las que se consideran claves de su trabajo.


Comenzó pintando letreros comerciales, trabajó en una agencia de publicidad, hizo diseño y estudió técnicas de impresión, que le serían después muy útiles al diseñar sus propios libros de fotografías y en su obra gráfica. Todo ello se recicló después en su pintura, que él mismo considera su apuesta más fuerte y más comprometida. Aunque se formó en el expresionismo abstracto su referente ha sido siempre la realidad, en forma de signos, iconos, escenarios típicos de su ciudad de adopción, Los Angeles. Ha catalogado las gasolineras, los cohes y los aparcamientos, las calles, las señalizaciones y las piscinas de la meca del cine. Son imágenes que ha utilizado como algo visualmente preexistente en lo que introducir “ruido”, pinceladas de ironía, de crítica o de giro de significados, en un ambiguo juego con la abstracción. Recientemente, comentaba acerca de su particular iconografía: “Los artistas siempre se han enfrentado a la idea del hombre corriente, a la pintura de temas prosaicos. Tantos artistas la han expresado en maneras diferentes, y creo que es un asunto que merece la pena ser tratado. “Lo ordinario” es un tema realmente fertil. Hay algo de eso en las gasolineras, o en esas cosas junto a las que pasas todos los días y después olvidas”. En cualquier caso, su obra va mucho más allá de la reivindicación de lo visualmente cercano. A pesar de su falta de pretensiones, Ruscha es ante todo un pintor de una calidad extraordinaria, y un creador de imágenes rotundas, de gran impacto.
La palabra pintada ha sido su ariete para el derrumbe de categorías artísticas, para la libertad creadora. A Edward Ruscha no parece gustarle examinarse a sí mismo y, como con su obra artística, juega en cierta medida al despiste, incluso al desconcierto. Pasa de puntillas sobre algunos de los referentes más señalados en su producción artística y defiende su trabajo “conceptual”, entendido como planificación mental.
-Al referirse a su producción artística se suele calificar como “americana” y más en concreto como “Western-Coast”, o de la costa Oeste. ¿Se siente absolutamente al margen del arte europeo?
-No puedo sentirme verdaderamente desvinculado del arte europeo en cuanto Europa fue el lugar de nacimiento, desde muy temprano, del pensamiento moderno. Y esto incluye la creación de imágenes, signos y lenguajes.
-Parece que la utilización de palabras y frases en sus pinturas deriva de los grandes anuncios publicitarios y del comic. Pero las palabras fueron usadas desde las primeras décadas del siglo por los pintores de la modernidad, como Picasso, Magritte o Miró, con mayor o menor protagonismo en sus obras. ¿Siente que existe alguna conexión entre su empleo de las palabras y esa tradición moderna?
-Encuentro algo muy puro en los signos comerciales que puede inspirarme para crear obras de arte. Al mismo tiempo, he visto, desde luego, las obras de los maestros modernos como Miró, Duchamp o Picasso. Pero, sencillamente, estos artistas han tocado en un violín diferente al mío.
-Las palabras, las letras, al margen de transmitir ideas, pueden funcionar como simples signos. ¿Se siente atraído por esa ambigüedad entre forma y significado?
-Siempre me ha gustado la manera en que las palabras pueden leerse como un paisaje de otros tiempos: de izquierda a derecha. Querría poder decir que estoy glorificando la caligrafía abstracta y extraña que llamamos lenguaje.
-Está claro que ha prestado una gran atención al cine. ¿De qué manera ha influido sobre su obra a través de su carrera artística?
-Las películas me han proporcionado un paisaje, un recordatorio de la realidad y la noción de “historia abstracta”.
-La ironía juega un papel importante en sus cuadros, al tocar temas tan “sagrados” como la propia pintura o como el estatus del artista. ¿En qué medida se sitúa usted al margen de esos tópicos sobre el arte?
-Me sorprendo a mí mismo intentando alejarme de la ironía al tiempo que me encuentro sujeto a su hechizo. Pero creo que el acto de pintar no es tan importante como el resultado al que se llega.
-Se percibe una actitud en su trabajo entre la nostalgia y la crítica del universo visual típicamente estadounidense, en su vertiente más popular. ¿Cómo se acerca a esas imágenes colectivas?
-Procuro evitar la nostalgia por todos los medios a mi alcance. Si lo consigo, habré creado una especie de “no estilo” que me excita enormemente.
-Sus obras dejan una gran libertad al espectador para que imagine posibles significados. ¿Confía en la capacidad intelectual y en la sensibilidad artística del público?
-Un artista no puede “actuar” para el público. Es absurda la intención de querer comunicarse con todo el mundo. Para empezar, debe alcanzarse una especie de auto-satisfacción.
-A pesar de que en sus últimas series parece haber una tendencia a la representación brillante y más afilada de los paisajes y las palabras, las sombras han sido muy características de su estilo durante mucho tiempo, y ha dedicado algunas series específicamente a los “rompimientos” de luz. ¿Cómo valora el papel de la luz en su pintura?
-Realmente no podría decir de mí mismo que sea un artista preocupado por la luz o por la sustancia de la luz. En primer lugar me llegan las imágenes. Las imágenes y los conceptos. La luz es una cuestión puramente práctica que es arrastrada por detrás de los motivos y los problemas primarios.
(Esta respuesta de Ruscha es verdaderamente chocante, ya que la luz es uno de los motivos más importantes en su obra, al que, incluso, se dedicó una exposición en el Paul Getty Museum, hace sólo cuatro años, con motivo de la instalación de una pintura de enorme formato en el Getty Center que representaba una ventana por la que penetraba un gran rayo de luz que se proyectaba en el suelo. El propio Ruscha participó en la selección de las obras para la muestra).
-Aunque frecuentemente se le ha clasificado entre los artistas pop, usted demuestra un gusto por las técnicas pictóricas, por la riqueza de texturas y por la representación espacial que le mantienen al margen de los rasgos más definitorios de ese movimiento. ¿Cómo se ve a sí mismo en relación a él?
-Pienso que todos los pintores del pop despliegan tanta preocupación por los materiales como cualquier otro artista. Es muy difícil, por no decir imposible, demostrar disgusto por materiales como la pintura al óleo si lo que haces es pintar al óleo. Supongo que la mejor manera de mostrar un rechazo hacia un material, digamos el yeso, es simplemente no utilizarlo. Tengo tanta fe en la tinta impresa sobre papel como en el óleo extendido sobre el lienzo. Y de alguna manera lamento que no haya “nuevos” materiales.
-Se ha dicho que en algunos aspectos se le debería considerar como un predecesor del arte neoconceptual. ¿Cómo se relaciona su obra con esa tendencia o con el arte conceptual original?
-Hablar de “arte conceptual” es forzosamente borroso. Originariamente se consideraba que sólo era puro si no podía encontrarse ninguna evidencia física de la obra de arte. Pero vimos que eso era prácticamente imposible de conseguir, ya que siempre quedaba algo que debía imprimirse o al menos verse. Lo cual significaba que únicamente la pronunciación audible de palabras podía calificarse de “pura”. Mi obra puede considerarse conceptual sólo en el sentido de que ha sido elaborada mentalmente, de que es producto de la reflexión.
-¿Cómo aborda su próxima exposición en Madrid?
-Confío en que esta exposición reúna los cabos sueltos en mi producción y la haga comprensible en la medida de lo posible. Se trata de obras que se corresponden con muchas distintas fases en mi vida como artista. Siempre deseo ver alguna forma de claridad en los esfuerzos creativos de un artista.