En los pocos días transcurridos desde que Rusia inició la invasión de Ucrania se han puesto ya en marcha sanciones de diversa magnitud. También en el ámbito artístico. De momento, son solo reacciones de individuos o instituciones, pero algunas son significativas.

La más contundente: el Hermitage de Ámsterdam ha roto lazos con San Petersburgo (retomaré luego el asunto). E igualmente sonada: los artistas Alexandra Sukhareva y Kirill Savchenkov, junto al comisario (lituano) Raimundas Malašauskas han anunciado que renuncian a representar a Rusia en la Bienal de Venecia.

A este respecto, es posible que conozcan ya una información que revela hasta qué medida está sometida al Kremlin toda la política cultural exterior del país: la responsable de gestionar y dar contenido al pabellón ruso en I Giardini es una empresa, Smart Art, cuyas propietarias son Anastasia Karneeva, hija de Nikolai Volobuev –general del FSB (ex KGB), y CEO de Rostec, conglomerado estatal de la industria armamentística–, y Ekaterina Vinokurova, hija de, agárrense, Sergei Lavrov, el intimidante ministro de asuntos exteriores al que vemos cada día en los telediarios. 

El artista Ragnar Kjartansson –que expone ahora en el Museo Thyssen– ha clausurado su exposición en la GES-2 House of Culture de la Fundación V-A-C, sostenida por uno de los hombres más ricos de Rusia, Leonid Mikhelson, dueño de la compañía gasística Novatek. Mikhelson, estos días, pierde millones a espuertas; a saber cuál será el destino de su colección y de sus salas de exposiciones, incluida la que abrió en Venecia.

Anton Vidokle, artista ruso con residencia en Nueva York, fundador de la plataforma e-flux ha pedido que se cierre su exposición Citizens of the Cosmos en la Nueva Galería Tretiakov de Moscú (aquí más reacciones de este tipo).

El Garage Museum of Contemporary Art en Moscú, propiedad de la también coleccionista Dasha Zhukova (ex de Roman Abramovich, que forma parte de la delegación rusa en las negociaciones con Ucrania), ha suspendido sus actividades a causa de la guerra, con una declaración tibia sobre el dramatismo de la situación.

Los que sí se han comprometido en la condena a la guerra son los casi 20.000 artistas, comisarios, arquitectos, críticos, historiadores de arte o gestores que han firmado una carta abierta en la que reprueban la agresión bélica, exponiéndose con ello a las represalias del régimen. Y es especialmente valiente la renuncia a su cargo de Vladimir Opredelenov, director del Museo Pushkin de Moscú, que es estatal. 

Fuera de Rusia se están produciendo cancelaciones de conciertos y representaciones de danza que orquestas y compañías rusas habían programado. No tengo noticia de exposiciones pospuestas pero algunos museos se enfrentan al problema de qué hacer con las piezas que han recibido en préstamo.

Es el caso del Victoria & Albert de Londres, que tiene en custodia valiosas joyas en Fabergé in London: Romance to Revolution, o de la Fundación Louis Vuitton en París, cuyo blockbuster La Collection Morozov. Icônes de l’art moderne incluye numerosas obras del Hermitage, el Museo Pushkin, el Museo Ruso, la Galería Tretiakov o la Fundación Ekaterina. La ley francesa impide la incautación de las obras pero ¿cómo se devolverán cuando llegue el momento? 

La Colección Morozov en la Fundación Louis Viutton

Otras instituciones culturales empiezan a tener conflictos a causa de la presencia de millonarios rusos en sus patronatos: es el caso de la Tate Foundation, de la que es miembro honorario Viktor Vekselberg, próximo al Kremlin, dueño de uno de los megayates atracados en puertos españoles y, por supuesto, coleccionista.

Petr Aven, banquero en el que también se apoya Putin, ha dimitido como patrono de la Royal Academy de Londres, que le ha devuelto la donación que hizo para costear la exposición que se puede visitar ahora allí, dedicada a Francis Bacon. Y Vladimir Potanin, una de las mayores fortunas rusas, ha abandonado el patronato del Guggenheim Museum de Nueva York.

Todo esto ha hecho que me cuestione qué relaciones culturales ha tenido España con Rusia en los últimos tiempos. Al margen de los muy importantes acuerdos o intentos de establecerlos con los museos estatales, el Museo Ruso de San Petersburgo y el Hermitage, a los que me referiré luego, he rastreado la paulatina construcción de una estructura para el soft power ruso, por lo general modesta pero reveladora de las motivaciones a las que cada nación ha obedecido y de las herramientas que se han puesto en juego. 

Rusia se desempeña con torpeza en la diplomacia cultural. En el observatorio Softpower30 ocupa uno de los últimos puestos en el ranking de esfuerzos en este ámbito. Se ha centrado en los eventos deportivos, como la Copa del Mundo que acogió en 2018, pero las sanciones por sus acciones militares y los enfrentamientos por espionaje e injerencias políticas han hecho que esos lavados de cara sean poco eficaces. 

España no es un destino clave para los inversores rusos y las grandes empresas españolas que sí han desarrollado allí proyectos no son dependientes de esa economía. Tiene algún peso en el balance el turismo de sol y playa –o de compras de lujo– pero, igualmente, el mercado ruso no constituye nuestro mayor recurso (1,3 millones de visitantes de esa procedencia antes de la pandemia).

Aun así, ha existido por parte de nuestro país cierto empeño gubernamental en estrechar lazos, incluso en los momentos en los que la comunidad internacional se mostraba más crítica con los desmanes rusos y establecía sanciones para intentar frenarlos. Con el PSOE o con el PP. 

Un poco de rápida historia. España y la URSS rompieron sus relaciones diplomáticas en 1939 y hasta 1972 no firmaron un primer acuerdo internacional, que se tradujo en el restablecimiento de relaciones en 1977. En 1991 España reconoció a Rusia como heredera de la Unión Soviética y arrancaron las relaciones bilaterales, de poca intensidad. 

Eso cambió en 2009 cuando, bajo los efectos de la crisis financiera global, el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero perseguía la apertura de mercados para la economía española. Rusia, por su parte, agradecía la postura en los organismos internacionales de España, que quería evitar la confrontación y apoyaba la propuesta del presidente Medvédev para crear una nueva arquitectura de seguridad en Europa (lean aquí sobre aquel contexto).

En 2008, Rusia reconoció la independencia de Abjasia y Osetia de Sur, y España tuvo que condenarlo… pero se opuso a las sanciones de la Unión Europea contra Rusia y defendió la necesidad de mantener el diálogo con ese país en la OTAN. Además, España rechazó la adhesión de Ucrania y Georgia a los Membership Action Plans de la OTAN, a satisfacción de los intereses rusos.

Asociación Estratégica y Años Duales

En 2009 se pusieron en marcha algunos grandes proyectos conjuntos en materia energética, crecieron las inversiones en ambas direcciones y aumentaron los intercambios científicos o educativos. El presidente Dmitri Medvedev viajó a España y se produjo la firma de la Declaración de Asociación Estratégica entre el Reino de España y la Federación de Rusia. Zapatero fue a Moscú y allí se acordó la celebración en 2011 del “Año de España” en la Federación Rusa y del “Año de la Federación Rusa” en España.

El llamado Año Dual Rusia-España ha constituido hasta la fecha el mayor empuje de soft power en la historia de las relaciones culturales entre ambos países. Sus objetivos de fondo, claro está, eran otros. Para que pongan cara a los actores: Juan José Herrera de la Muela, actuaba como embajador especial (aquí sus reflexiones sobre el programa), Trinidad Jiménez era ministra de Asuntos Exteriores y de Cooperación (sucedió en 2010 a Miguel Ángel Moratinos), y Ángeles González Sinde de Cultura.

Dmitri Medvedev y José Luis Rodríguez Zapatero firman los acuerdos de 2009

Los grandes protagonistas de los intercambios artísticos fueron –presten atención a esto– los principales museos estatales en cada país: el Prado y el Hermitage. Se trasladó en febrero al Hermitage una selección de 66 obras del Museo del Prado, con acompañamiento de los Reyes de España y con un éxito de público inédito, y en noviembre se inauguró aquí El Hermitage en el Prado, con 120 obras recibidas también con mucho interés por los visitantes, a los que se ofreció un programa de actividades paralelo.

Fue “un intercambio de colecciones sin precedentes”. En nuestro museo, además, se expuso como “obra invitada” La acróbata de la bola de Picasso, procedente del Museo Pushkin.

Exposición ‘El Prado en el Hermitage’

Otras exposiciones que recordarán formaron parte del Año Dual. En el Museo del Romanticismo vimos El romanticismo ruso en época de Pushkin, con préstamos de ese mismo museo. Y en La Casa Encendida, la estupenda La caballería roja, inaugurada ya en 2012, con obras de catorce museos nacionales rusos. La Fundación Juan March dedicó una exposición monográfica a Alexander Deineka. Rusia fue el país invitado en ARCO.

El Museo Thyssen se unió a las celebraciones reuniendo en unas salas sus obras de las vanguardias rusas. El IVAM de Valencia hizo un intercambio de fondos con el Museo de Arte Moderno de Moscú: llevó allí Obras maestras del siglo XX en la Colección del IVAM y trajo La Primavera de las Vanguardias Rusas de Chagall a Malevich

Este mismo museo moscovita hizo una presentación, muy significativa por el trasfondo económico que tenía todo este tinglado cultural, de la Colección Arte Contemporáneo que se aloja en el Patio Herreriano de Valladolid pero que es propiedad de un grupo de grandes empresas con negocios internacionales: encabezaba el desembarco José Lladó, presidente de Técnicas Reunidas, que en ese momento había sido contratada para modernizar la refinería de Khavarovsk, del grupo energético ruso Alliance (que patrocinaba la muestra).

Pero el gran éxito en Moscú fue la exposición de Dalí en el Museo Pushkin, organizada por la Fundación Gala-Salvador Dalí, y patrocinada por The Link of Times, la fundación del oligarca, antes mencionado, Viktor Vekselberg.

La fundación de Figueras nunca ha disimulado su talante empresarial y en esta ocasión reconocía que esta operación culminaba “un proceso iniciado en el 2000 de captación de visitantes rusos al Triángulo Daliniano. El turismo ruso en España y, concretamente en la costa catalana, incipiente entonces, hoy está plenamente consolidado y, en efecto, se ha convertido en el tercer grupo de visitantes a los museos de la Fundació Dalí”.

Cola para visitar la exposición de ‘Dalí en el Museo Pushkin’

Así de claro era también el objetivo del evento más relevante en el programa español en Rusia: la feria “España: vivir e innovar”, dedicada a nuestra economía. Y el de la invitación a España para asistir al Foro Económico Internacional de San Petersburgo en calidad de invitado de honor, “lo que permitirá plasmar nuevos acuerdos entre empresarios que consolidarán la base de los proyectos conjuntos”. En junio, Zapatero visitó Rusia y completó toda una gira para apoyar las exportaciones españolas

En 2014, Rusia se anexionó Crimea y estalló el conflicto sobre las regiones orientales de Ucrania. La Unión Europea dictó sanciones. Entre otras: se cancelaron las cumbres a nivel europeo y a nivel bilateral, se suspendieron las conversaciones sobre visados y las negociaciones para la adhesión de Rusia a la OCDE y a la Agencia Internacional de Energía. La Federación Rusa prohibió la entrada de productos agrícolas y materias primas de los sancionadores. 

Pero solo unos meses después, en 2015, incluso tras el endurecimiento de las sanciones a principios de año, se celebraba otro Año Dualel de la Lengua española y la Literatura en español en Rusia y el de la Lengua y la Literatura rusa en España.

Era presidente del Gobierno Mariano Rajoy, ministro de Exteriores José Manuel García-Margallo y secretario de Estado de Cultura José María Lassalle, que acudió a la ceremonia de comienzo de las actividades en el Museo Pushkin, donde se exponía la colección privada de libros de artista de Boris Fridman. Participaba en la programación el Instituto Cervantes. 

Apertura del Año Dual 2015 en el Museo Pushkin

En 2016 tuvimos un tercer Año Dual en el que no me detendré, dedicado al turismo, con mínima participación de un solo museo, el Thyssen-Bornemisza, que llevó a Moscú una obra de Cranach. Se anunció una exposición de Sorolla que, creo, no se llegó a enviar.

El protagonismo que las artes plásticas tuvieron en el Año Dual 2011 no ha vuelto a darse: la lengua y la educación son los pilares en los que se apoya desde entonces la acción cultural exterior rusa, la oficial. Así, el Año Dual 2015, que yo sepa, solo se adornó con una exposición de arte español y latinoamericano en el Museo de Arte Moderno de Moscú, Otra parte de un Mundo Nuevo, con obras de la Colección CA2M Centro de Arte Dos de Mayo y la Colección Fundación ARCO.

Agentes

En ese Año Dual de la Lengua y la Literatura confluyeron, por parte rusa, algunos de los agentes clave en su diplomacia cultural. El programa fue patrocinado por la Agencia Estatal Rossotrudnichestvo y la Universidad de Negocios y Finanzas de Moscú «Sinergia».

Fue avalado por Mijail Shvidkoi, Consejero del Presidente de Rusia para las Relaciones Culturales Internacionales, y algunos de sus actos, como el Día de la Literatura Rusa Contemporánea que se organizó en CondeDuque, estuvieron respaldados, como medio colaborador oficial, por Russia Beyond The Headlines (llamada más tarde Russia Today), publicación digamos poco crítica con el Kremlin que durante unos años se distribuyó con el diario El País. También prestaba su sostén la Fundación Russkiy Mir. 

Día de la Literatura Rusa Contemporánea, CondeDuque

En 2016, el Parlamento Europeo aprobó una resolución (“Comunicación estratégica de la UE para contrarrestar la propaganda de terceros en su contra”)  basada en un informe en el que Rossotrudnichestvo, Russia Today y la Fundación Russkiy Mir eran calificados como instrumentos de desinformación y propaganda. 

Rusia no tiene un equivalente a nuestro Instituto Cervantes. Rossotrudnichestvo se ocupa del apoyo a la acción cultural en el exterior. Opera en Asia Central, América Latina, África y Europa del Este, con especial foco en los países exsoviéticos, y administra más de cincuenta centros de ciencia y cultura. Pero debe de tener poco presupuesto y depende de la entrega de los responsables de esos centros. En 2014 se reunieron en Moscú los directores de las delegaciones de Rossotrudnichestvo en el extranjero.

Sergei Lavrov se dirigió a ellos para darles las pautas a seguir. Debían hacer frente a “medidas sin precedentes para desacreditar la política rusa y alterar la imagen de nuestro país”. Dijo que “es importante trabajar con más empeño en la aclaración de la línea seguida por Rusia en los asuntos internacionales, en la difusión de una información veraz al público extranjero, así como en la consolidación del contacto no solo con quienes se muestran favorables a establecer una cooperación constructiva con nosotros, sino también con aquellos agentes que actualmente se encuentran bajo el influjo de los prejuicios del pasado”. Por otra parte, se confiaba en la agencia para atraer turismo hacia Rusia.

La Fundación Russkiy Mir (Mundo Ruso) fue creada en 2007 por el propio Vladímir Putin y tiene un programa ideológico/estratégico más acusado. Así, al menos, lo entienden muchos de los ucranianos. Su nombre hace referencia no solo a la diáspora rusa sino a una concepción de la cultura rusa (impregnada por el cristianismo ortodoxo) y su misión en el orbe.

Cuando Putin se hizo con el mando, sobre todo a partir del año 2000, esa idea pasó a formar parte de su teoría política. Hablar ruso equivalía a ser ruso. Y eso autorizaría a los gobernantes para intervenir en defensa de los intereses de sus “compatriotas”, allá donde estén.

Centros culturales

Es importante conocer esas herramientas políticas rusas para entender la pequeña estructura de centros y departamentos mediante la que el país ejerce su soft power en España. Tenemos, en primer lugar, los centros culturales. El más importante se creó en Madrid, en 2011 (recuerden, el primer Año Dual). La Reina Sofía y la esposa de Dmitri Medvedev la inauguraron.

Este Centro Ruso de Ciencia y Cultura es legalmente una asociación, pero se presenta como Representación de Rossotrudnichestvo y como “único organismo oficial de la Federación Rusa en España”. Organiza, mediante el concurso ¡Hola Rusia! viajes de “compatriotas” a ciudades de aquel país y, entre sus actividades figura la celebración de la Semana del Espacio, con apoyo del Planetario de Madrid. Allí, por cierto, inauguró el año pasado José Luis Rodríguez Almeida, junto al embajador ruso, un busto del astronauta Yuri Gagarin.

Inauguración del busto de Yuri Gagarin. Asisten José Luis Martínez-Almeida, Andrea Levy y el embajador de Rusia, Yuri Korchagin

En Barcelona hay una Casa Rusia con características diferentes. Si visitan hoy su web verán un mensaje que advierte de la cancelación de toda actividad “recreativa” hasta el final de las “operaciones militares” (en Rusia está prohibido hablar de “guerra”) y manifiesta una prudentísima oposición: “estamos en contra de cualquier tipo de acción que separe a la gente”.

Esta Casa de Rusia se fundó en 2010, con apoyo del Ayuntamiento de Barcelona –que cedió como sede, entiendo, el palacio del Marqués de Alfarràs y arropó institucionalmente su constitución–, como proyecto privado de grandes compañías rusas: Gazprombank, la Fundación Europa Rusa y la Fundación Cooperación con España (grupo ferroviario Transmashholding).

Sus proyectos son, dicen, culturales, benéficos y de negocios. Pero, fíjense, su centro de lengua rusa, activo desde 2016, fue promovido por la Fundación Russkiy Mir y su vicepresidente es Mijail Shvidkoi, el representante especial de Cultura y Cooperación Internacional tan cercano a Putin, al que mencioné ya en relación al Año Dual 2015. La empresa con mayor peso en este proyecto es el banco Gazprombank, que se ha librado de la exclusión del sistema SWIFT porque procesa gran parte de las operaciones energéticas con la Unión Europea.

Antes de estos dos, existía un Instituto de lengua rusa Alexander Pushkin, fundado en Barcelona en 1992. Depende de una fundación con el mismo nombre que recibe el apoyo de la Embajada de la Federación Rusa en España. “A partir del 2008 el Instituto de lengua rusa Alexander Pushkin es también representante de la Fundación Russkiy Mir en España”, nos informa. Pero en la portada de su web, exclama con todas las letras “No a la guerra”.

Curioso el grupo de fundadores. Entre ellos Rafael Portaencasa, que era rector de la Universidad Politécnica de Madrid, Miguel Angel Escotet, director de la Fundación Germán Sánchez Ruipérez, y Valentina Tereshkova, la primera astronauta de la historia.  

Universidades

Además de los centros culturales en Madrid y Barcelona tenemos sendos centros rusos en las universidades de Granada y Valencia.

El Centro ruso de la Universidad de Granada es una institución no lucrativa, fruto de la colaboración entre la Universidad de Granada y la Fundación Russkiy Mir, constituido en 2015 (ya he hecho alusión al contexto de conflicto internacional en que estaba Rusia entonces). Básicamente se dedica a impartir cursos de lengua rusa pero también asesora a los investigadores en materia de colaboración con las universidades rusas. Realiza algunas actividades culturales, sobre todo encuentros con escritores.

El Centro Ruso de la Universidad de Valencia se abrió más tarde, en 2019, también gracias a la alianza con la Fundación Russkiy Mir (muy presente en su web) y con similares características. Al parecer con apoyo de la Generalitat valenciana. En esta autonomía, concretamente en Alicante, se concentra uno de los números más elevados de inmigrantes rusos y la presencia del centro se ha hecho notar en la ciudad.

Pero la comunidad ucraniana también tiene voz: el cónsul ucraniano allí ha pedido que se suspenda toda colaboración institucional con Rusia, haciendo mención expresa del Centro Ruso y sus vínculos con la citada fundación, “creada por Putin y que es vocera de la propaganda bélica”.

Visibilidad de Russkiy Mir en la web del Centro Ruso de la Universidad de Valencia

Mencionaba el cónsul, por otra parte, a la RANEPA (Russian Presidential Academy of National Economy and Public Administration), “la universidad presidencial rusa con la que la UV ha profundizado sus relaciones como ninguna otra universidad española, por ejemplo emprendiendo un doble grado internacional precisamente en Ciencias Políticas«. Esta universidad “adjunta al presidente de la Federación de Rusia” constituyó en 2019 una Alianza de universidades rusas y españolas en la que se integraron, además de la de Valencia, la Carlos III de Madrid, la de Oviedo y la Rovira y Virgili.

Museos

Cierro esta panorámica sobre el soft power ruso en España con su capítulo más llamativo: las franquicias museísticas. El Museo Ruso de San Petersburgo, como saben, tiene desde 2015 una sede en Málaga. Y el Hermitage ha estado intentado establecer una en Barcelona, dirigiéndose a otras ciudades españolas al fracasar definitivamente las negociaciones allí. 

Es comprensible que pensemos que las instituciones culturales cumplen misiones ajenas a la agenda política de las administraciones de las que dependen. Pero incluso en países plenamente democráticos con las esferas bien diferenciadas existen contaminaciones. Y en Rusia los grandes museos estatales están muy atados a las estrategias del gobierno. O, mejor dicho, a la voluntad del Presidente. Forman claramente parte de las políticas que dicta, tanto en el interior como hacia el exterior. 

El ruso es un sistema particular. Las actividades internacionales del Hermitage, según afirma Mijail Piotrovski, su director, son entendidas por Putin como una “ofensiva cultural”. Pero los museos no cuentan para llevarla a cabo con un presupuesto adicional o con un apoyo visible del Estado.

La estrategia es la de “infiltrar” a los museos satélite –financiados en destino– en el sistema cultural de acogida, de manera que la sociedad o incluso las administraciones tutelares los consideren algo propio. Dice Piotrovski que así se consigue un cambio en la imagen de San Petersburgo (de Rusia) sin necesidad de presencia gubernamental –que provocaría posiblemente mayor rechazo–, frente al modo de operar de, por ejemplo, el Goethe Institute o el British Council.

La filial del Museo Ruso en Málaga es resultado de un acuerdo para el uso de la marca y para el alquiler de una tanda de exposiciones cada año. A nadie se le ocurre que el alcalde de la ciudad, Francisco de la Torre, tuviera otra intención al cerrar el trato que atraer más turistas a Málaga a través de sus equipamientos culturales. Turistas, en particular, rusos: en el mismo año de la apertura del museo ya estaba reforzando las acciones de promoción de Málaga en la feria de turismo de Moscú.

Pero, ahora, De la Torre se enfrenta no solo a las presiones de ciudadanos y políticos (incluso de su gobierno: la concejala de Cultura y Deportes, por Ciudadanos, Noelia Losada aboga por no pagar las próximas exposiciones en el museo) sino también a un posible fracaso definitivo de este proyecto en el que ha invertido mucho. (También les digo que no me parece que haya sido un gran éxito: la última vez, en agosto, que estuve allí no había más de diez personas en las salas).

Entrada a la exposición ‘Guerra y paz’, en la Colección Museo Ruso de Málaga

De momento, el alcalde, se resiste: “Mi postura es la continuidad de estas exposiciones, si no estaríamos perdiendo nivel aquí, lo cual no nos impide apoyar, absolutamente, todas las medidas de sanciones económicas que se han tomado y apostar por que esas sanciones fuercen que las negociaciones que están alcancen la paz cuanto antes». Pretende incluso mantener la próxima tanda de exposiciones, siendo muy improbable que pueda ser enviada. O pagada, por las sanciones financieras.

Eso sí, tras pedirle desde diversos flancos –hasta el Presidente de la Junta de Andalucía lo sugirió– que devolviera la Medalla Pushkin que le impuso Putin en 2018ha accedido a hacerlo. ¿Sobrevivirá la Colección Museo Ruso? Habrá que saber, entre otras cosas, qué posición adopta la Fundación “la Caixa”, que patrocina diversos equipamientos culturales en Málaga (no sabemos qué cifra destina al Museo Ruso pero en 2018 fueron 200.000 euros) y que acaba de renovar, en enero, el acuerdo.

Por cierto, la Fundación “la Caixa” tiene también firmado un convenio de colaboración con el Museo Pushkin, que formalizaron para la exposición sobre Olga Koklova en el Museo Picasso Málaga pero que quedó abierto a futuras exposiciones (con Caixaforum Sevilla en mente).

No podemos ser ingenuos. Vean aquí unos ejemplos de la imbricación del Museo Ruso de San Petersburgo en la política exterior rusa. Solo unos meses después de inaugurarse el museo de Málaga, en septiembre de 2015, el museo Millesgården de Estocolmo tuvo que cancelar –con catálogo ya impreso– una exposición de Chagall que había organizado junto al Museo Ruso.

El Ministerio de Cultura ruso temió que las cuarenta obras destinadas a la muestra fuesen embargadas a consecuencia de una orden de la Corte Permanente de Arbitraje de La Haya que obligaba al gobierno de Rusia a compensar a los accionistas de Yukos (más abajo les recuerdo datos), cosa que no pensaba hacer.

Esa deuda (junto a otros conflictos sobre patrimonio) entorpeció enormemente durante años los préstamos de obras de arte con origen en Rusia, que estuvieron supeditados a compromisos por parte de los países de destino a no retenerlas bajo ningún concepto. (Así se pactó para Málaga).

Pero existían otros factores; el director del Museo Ruso dejó caer que “Vemos muchos movimientos poco amistosos en estos días”. Se refería quizá a la mutua devolución de diplomáticos en agosto pero lo cierto es que durante todo el año anterior Suecia había sido sobresaltada por maniobras militares rusas en el Báltico e incursiones en su espacio aéreo, por lo que las relaciones estaban muy tensas. 

En octubre de 2019 Putin visitó Arabia Saudí. Fundamentalmente para tratar cuestiones geoestratégicas y para hacer negocios, con especial interés en agilizar la venta de armamento. Con el fin dar un barniz cultural a la misión, hizo que le precedieran diecinueve obras de Kandinsky del Museo Ruso que se instalaron en el King Fahd Cultural Centre. Iba con él Mijail Piotrovski, que estaba en conversaciones para abrir franquicia del Hermitage en el país y que, como arabista, ha jugado un papel muy destacado en las relaciones de Rusia en Oriente Medio.

Solo un año antes, en 2018, la delegación rusa que participó en el Future Investment Initiative business forum en Arabia Saudí también fue acompañada por una selección de obras del Museo Ruso. Y por Piotrovski. Unos días antes se había conocido el asesinato de Jamal Khashoggi en el consulado de Arabia Saudí en Estambul. Putin manifestó que no tenía suficiente información sobre el asunto como para estropear sus relaciones con los saudíes.

El uso político de los museos se efectúa también en el interior del país. Putin necesita consolidar el control de regiones culturalmente diversas y para ello está desarrollando un amplio programa de creación de satélites de los principales museos estatales. No voy a darles todos los detalles, que se explican muy bien aquí. Solo destacaré dos proyectos.

En noviembre de 2019 el Hermitage abrió una sede en Omsk, Siberia, la tierra más amada por Putin y a la que ha considerado trasladar la capital de la Federación. Y, el más demostrativo: Putin planea un gran foco cultural en Sebastopol, la ciudad más poblada de Crimea (anexionada, recuerden, en 2014), en el que se concentrarán subsedes del Museo Ruso, el Hermitage y la Galería Tretiakov.

Y miren qué curioso esto: en 2016 Ucrania acusó a la Tretiakov de exhibir obras de Ivan Aivazovski que habían sido sacadas ilegalmente de la Galería Nacional de Arte de Feodosia, la población en Crimea donde nació el artista, e hizo un llamamiento a otros países para que interrumpiesen la cooperación con instituciones rusas. Adivinen qué museo acogió, el año pasado, una exposición de Aivazovski… El Museo Ruso de Málaga. Las obras procedían del museo madre –sin problema por ahí– pero ¿no podría interpretarse el envío a España de esta muestra como un intento de afianzar en el exterior la noción de una Crimea rusa?

Putin impone la Medalla Pushkin a Francisco de la Torre

El buque insignia de la política cultural exterior del Kremlin es el Hermitage. Piotrovski (treinta años ya en la dirección del museo) y Putin se conocen y aprecian desde hace muchos años. Cuenta el primero que cuando el hoy Presidente era jefe del comité de relaciones externas de San Petersburgo, en los noventa, le propuso utilizar el museo como sede de sus reuniones con dignatarios extranjeros.

Cosa que sigue haciendo hoy. Como ya he dicho le acompaña en algunos viajes y su compromiso político se ha intensificado en los últimos años: encabezó la candidatura de Rusia Unida en San Petersburgo en las elecciones de septiembre de 2021 y participó en 2020 en la reforma de la Constitución que permitiría extender el mandato de Putin.

La presencia internacional del Hermitage puede calificarse de modalidad “híbrida” de diplomacia, pues ni es ni deja de ser estatal. Sus sucursales se instalan a expensas de los interesados, que pagan la franquicia y, siendo o no conscientes de ello, se adhieren a la red de soft power ruso, que tiene en ellas su más eficaz herramienta precisamente por parecer desvinculados de la acción política. O militar. 

Pero, al fin, los conflictos internacionales acaban por afectar también a los museos. El Hermitage tiene siempre en fase de conversaciones un montón de franquicias pero, al margen de acuerdos, salas, préstamos, etc, ha tenido solo tres sedes “permanentes” abiertas en el exterior: Las Vegas, Londres y Ámsterdam. Las tres han fracasado.

Al igual que el nonato Hermitage en Barcelona del que ya lo saben ustedes todo, por lo que les ahorraré ese capítulo. Solo espero que a sus promotores (inversores españoles, rusos, luxemburgueses) no se les ocurra seguir dando la matraca con el proyecto.

En Las Vegas, los motivos fueron sobre todo económicos. El Hermitage se asoció con el Guggenheim de Nueva York para abrir una sede en un hotel, el Venetian, que se inauguró en 2001. Pronto, en 2003, redujeron los espacios y en 2008 echaron el cierre. A Las Vegas se va a lo que se va, no a visitar exposiciones.

Ya antes, en 2007, había cerrado la sede en Somerset House, Londres –conocida como Hermitage Rooms–, inaugurada en 2000 y tutorada desde 2003 por el vecino y prestigioso Courtauld Institute of Art. El motivo oficial fue, también, la asfixia económica pero había más. En 2005, quien fue el hombre más rico de Rusia, Mijail Jodorkovski, había sido condenado a nueve años de prisión en Siberia tras hundir Putin su compañía petrolera, Yukos.

Jodorkovski había colaborado con Lord Rothschild, a través del Hermitage Development Trust, en la financiación de la sede del museo en Somerset House. Su sostenibilidad quedaba en suspenso y las relaciones entre Reino Unido y Rusia eran las peores; en 2006 Alexander Litvinenko había sido envenenado en Londres.

El museo, además, contaba con el apoyo de otro disidente, Boris Berezovski, y llegó un momento en el que el director del Hermitage decidió que no merecía la pena seguir adelante con algo que le daba serios problemas con el Kremlin.

Hasta antesdeayer, el mayor éxito internacional del museo era su franquicia en Holanda. El Hermitage Ámsterdam operó desde 2004 en una sala de exposiciones hasta que en 2009 abrió una sede museística en el Amstelhof, con casi 13.000 m2, que costó 40 millones de euros reformar.

El museo, promovido por una empresa de gestión cultural, es gestionado por la Fundación Hermitage aan de Amstel, privada, a pesar de lo cual fue inaugurado por la reina Beatriz y el presidente ruso Dmitri Medvedev. Tuvo durante el primer año gran éxito de público pero la pandemia lo dejó al borde de la quiebra, hasta el punto de que tuvo que solicitar donaciones para salir adelante.

No sé en qué orden sucedió pero el Museo de Ámsterdam, que tenía un acuerdo para abrir en los próximos días una subsede en el edificio del Hermitage holandés, dijo que no quería tener nada que ver con Rusia… Y la fundación gestora manifestó públicamente su adiós con un cierre inmediato. “La guerra lo destruye todo”, sentenció.

Moraleja

Mucho cuidado con el soft power. España mantiene relaciones culturales con países que no respetan los derechos humanos, que no saben lo que es la democracia y/o que han ocupado ilegalmente territorios vecinos… Rusia, sí, pero también China, Arabia Saudí, Qatar, Cuba, Venezuela…

Claro está que la cultura acerca a los pueblos. Y es evidente que en todos esos lugares hay artistas luchando por un mundo mejor, con ideas opuestas a los respectivos regímenes. Es justo darles voz. Pero no a través de los acuerdos entre estados, que utilizan la cultura para blanquear su imagen o hacer caja –incluso con la venta de armas– tapándose con mucha exquisitez la nariz.