Cristina Lucas

Cristina Lucas. Estirpe bíblica
Galería Juana de Aizpuru, Madrid

Publicado en El Cultural

Tendemos a esperar de una exposición individual en una galería que las obras que se presenten desarrollen un mismo proyecto, o se relacionen estrechamente por su temática o sus procedimientos. Conocer las obras en contexto nos ayuda a interpretarlas y a valorarlas. En esta segunda individual en Juana de Aizpuru ―la primera fue hace ya cuatro años― Cristina Lucas (Jaén, 1973) esquiva dicha “exigencia”. Si bien es cierto que hay unas preocupaciones de base que dan coherencia a su trayectoria, también lo es que les da forma de manera bastante heterogénea no sólo en los medios que utiliza sino también en las estrategias comunicativas y hasta en el tono. Algo evidente en esta muestra, en la que confluyen tres proyectos muy diferentes que se presentan de manera forzada como “distintas lecturas de un mismo libro”. El libro, hemos de pensar, sería la Biblia, pues Eva, Caín y Moisés, que asoman de una u otra manera a estas obras, son de la misma estirpe veterotestamentaria.

No dudo de la seriedad con la que la artista afronta su trabajo, que le ha valido un considerable respaldo crítico e institucional, pero creo que, ya en el límite de lo que consideramos “arte joven”, le beneficiaría mucho dejarse de bromas. Hay siempre en su producción un sentido del humor que es unas veces más negro que otras y que por momentos se desliza hacia el número cómico. Es lo que ocurría con el circense vídeo Tú también puedes caminar, que escenificaba la comparación del esfuerzo intelectual de la mujer con la capacidad de ciertos perros para andar a dos patas. Y ahora en Las hijas de Eva, serie de fotografías en la que de nuevo teatraliza situaciones de superación de dificultades por parte de la mujer, aquí a través de la imagen del barón de Münchhausen que se saca a sí mismo del lodo tirándose de la coleta. El resultado es un mensaje demasiado aligerado. El vídeo Habla pierde también fuelle cuando, tras contemplar cómo la artista rememora la legendaria y violenta interpelación de Miguel Ángel a su Moisés para que demostrara que tenía alma, en una filmación muy cuidada y muy eficaz de la progresiva destrucción a mazazos de un vaciado de la escultura, suspira ella unas frases casi de chiste sobre el obstinado silencio del profeta. Está claro que los trascendentales asuntos sobre la creación y sobre la condición femenina que Lucas maneja no tienen por qué tratarse de manera dramática, pero puede ser contraproducente tomárselos, aunque sea con plena consciencia de hacerlo, a guasa.

Otro tono tiene el tercer bloque de obras, integrado por el vídeo de animación Pantone y el conjunto de óleos Las licencias políticas. Ambos parten de los “atlas históricos”, en los que se representa cómo diferentes imperios y naciones surgen y se extinguen, ganan y pierden territorio. Lucas asocia esas transformaciones con la dañina influencia del agresivo Caín, es decir, de la dominación masculina en la historia. Traído por los pelos. Pero se trata de un interesante mecanismo de generación de formas coloreadas que, desde 500 a.c. a 2007 traduce la situación geopolítica año a año. En la Bienal de Estambul, donde la obra fue presentada el año pasado, se acompañó de una performance en la que diversos historiadores leían textos ilustrativos del avance del vídeo. También ha sido el germen de la serie de pinturas citada, que amontona y gira caprichosamente esas manchas de color con efecto chocantemente decorativo.