Chema Cobo

Galería Antonio Machón, Madrid

Con sus últimas exposiciones, Chema Cobo (Tarifa, 1952) culmina una trayectoria caracterizada por su seriedad como artista y por la solidez intelectual de cada conjunto de obras que nos entrega. En ellas su pintura se ha aligerado en el sentido de que sus formas parecen carecer de peso, concebidas como inestable materialización de memorias desdibujadas; un filtro gris azulado unifica los cuadros de la exposición, en los que, a pesar de su rechazo del “estilo”, se hace patente un dominio creciente de los recursos pictóricos. Con una pincelada aplanada y rectangular consigue luces y vibraciones siempre eficaces, al servicio de la incerteza y de la desestabilización de la mirada.

Aunque cada cuadro tenga entidad propia, es en la disposición espacial en la galería donde cobra pleno sentido, y aquí ha construido una gradación que, como en la cueva platónica a la que hace referencia ―es importante leer su texto, reproducido en la web de la galería―, reserva lo más sombrío para su fondo. Hay muchas referencias internas y externas en estos cuadros de acercamiento lento y necesariamente documentado, para cuya lectura nos da contadas pistas. Precisamente la oposición a la rapidez con la que consumimos y olvidamos las imágenes es una de ellas. A menudo utiliza como punto de partida fotografías que ha guardado durante mucho tiempo, de manera que la memoria las haga suyas, modificándolas, y él pueda darles nueva vida en un contexto diferente. Las cuestiones estéticas, artísticas, se entremezclan con las cuestiones éticas, históricas. Las relaciones entre la belleza y el mal, en las que las imágenes resultan ser cómplices, constituyen uno de los hilos conductores de la muestra. El Platón que abre el recorrido presenta una cueva en la que, en lugar de sombras, danzan por las paredes los destellos de una bola de espejos facetados. Brillos y sombras ambiguas, reflejos y proyecciones ―lumínicas, mentales―, son recurrentes y remiten a su obsesión por pintar lo que no se ve. Las esculturas de Platón y del conejo, así como las caras de muñecos, son ciegas; el extraño espejo y el encuadre fragmentario, en apariencia arbitrario, de Transparent Shadow no permiten siquiera saber qué estamos mirando exactamente. Pero el hongo de una bomba atómica y, sobre todo, la efigie de Eichmann junto a una muñequita nazi, nos ponen en alerta. El equívoco entre información y espectáculo, entre realidad y ficción es elaborado en forma de irónicos acertijos, más siniestros que humorísticos a pesar de su “amabilidad” formal, equivalente plástico de esas frases crípticas y sentenciosas que tanto le gustan y que son el detonante de algunos cuadros.