Cartografías de lo desconocido

Tiene mucha razón Juan Pimentel, brillante historiador de la ciencia que comisaría esta exposición junto a la experta en mapas medievales Sandra Sáenz-López, cuando dice que un mapa es como una hoguera, un fuego del que no podemos apartar la vista mientras se dispara en nuestra imaginación una cascada de ensoñaciones. Aunque durante muchos siglos la cartografía fue un ámbito del conocimiento exclusivo de quienes gobernaban sobre tierras y mares, cuerpos y espíritus, desde el siglo XIX, cuando la economía colonial necesita hacer visibles sus objetivos y sus logros, cuando empiezan a democratizarse los viajes y el turismo, y a editarse de forma masiva mapas y atlas para uso educativo y doméstico, ya no podemos concebir el mundo, ni siquiera el entorno más próximo, sin el filtro mental del mapa. Hoy lo “mapeamos” todo: cualquier conocimiento o información es susceptible de ser condensado en una representación espacial. Sabemos leer diferentes sistemas cartográficos pero se trata de una habilidad recientemente adquirida, gestada a lo largo de muchos siglos en los que sabios de toda especie fueron avanzando dificultosamente en la “figuración” de los territorios conocidos y desconocidos. 

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