Carlos Garaicoa

Casa de América, Madrid

Tan malo es para la obra de un artista de valía ser ignorado como estar de moda. El mundo del arte es muy caprichoso, y puede olvidarse en poco tiempo de lo que antes estuvo en el ojo del huracán. Es muy comprensible que cuando a un artista (sea por su propia ambición “empresarial” sea por el azar que le ha puesto en el lugar indicado y en el momento indicado) le llega su momento de gloria no lo deje pasar y procure exprimirlo al máximo. Carlos Garaicoa (La Habana, 1967) es en estos momentos un artista de moda, no sé si a su pesar. Onkwui Enwezor, al incluirle en la última edición de la Documenta de Kassel, ha dado el definitivo impulso internacional a una carrera que ya antes había levantado el vuelo. Últimamente ha hecho exposiciones en Suiza, Gran Bretaña, Dinamarca, Italia, Francia… y ahora España, en un “grand tour” europeo con el que difícilmente puede cumplir un artista con una trayectoria de sólo quince años.

Así, esta exposición de Madrid es un tanto decepcionante. Con el título de Lecciones de historia, se centra con coherencia de criterio en el ya conocido trabajo del artista sobre los viejos azulejos pintados de La Habana. Es un proyecto documental con tintes nostálgicos y críticos que, desligado de sus trabajos más activos e imaginativos, resulta fríamente arqueológico. La pieza central de la exposición es la instalación Sloppy Joe´s Bar Dream, de 1995, que ha llevado a varias exposiciones y, para colmo, se había incluido ya en la colectiva Caribe insular, que pudo verse en estas mismas salas de la Casa de América en 1998. Para quien no tenga noticias de ella recordaré que es una reconstrucción parcial de uno de los locales más famosos de La Habana entre los años treinta y cincuenta. Una barra con azulejos que imitan los originales, una rocola, estantes para botellas y multitud de fotografías que confrontan el esplendor pasado con la desolación actual. En otras “instalaciones”, que no son más que el agrupamiento en la pared de una o dos fotografías y un azulejo y que tienen en varios casos ya diez años, recorre distintos rincones de la ciudad buscando esas inscripciones o diseños en cerámica vidriada que han quedado descontextualizados en el abandono de los edificios. Finalmente, cerrando el recorrido de la exposición, muestra otro tipo de azulejo, el doméstico que cubre paredes que fueron interiores y que, debido a los derrumbes, se han transformado en muros exteriores. Garaicoa ha querido llevar este absurdo arquitectónico a la sala de exposición con unas fotografías más grandes de esos muros, que se contraponen al alicatado real con piezas nuevas de uno de los tabiques de la sala. Igualmente, ha imitado con pintura las manchas que probablemente el fuego dejara en otra pared fotografiada. Este último diálogo tenía muchas más posibilidades, frustradas por la inadecuada relación de tamaños entre foto y dibujo.

No ha acertado el artista en la selección de obras en esta su primera individual en España. No es sólo que la intervención en las ruinas o la “vida secreta” de los azulejos den en otros artistas mucho más juego (como en Gordon Matta-Clark o Adriana Varejão respectivamente, por citar sólo dos ejemplos); es que el propio Garaicoa ha superado con creces en otras ocasiones lo aquí presentado, como en sus recientes reconstrucciones sobre el papel, según modelos utópicos, de esos edificios que ni siquiera llegaron a terminarse. No existe en las obras de esta exposición la “reinvención” de la ciudad que busca el artista, y el intercambio entre ficción e historia que, según él mismo afirma, es uno de los fundamentos de su obra es bastante pobre, inclinándose pronunciadamente hacia el lado de la realidad. Ni ha encontrado las situaciones elocuentes ni ha conseguido más que a medias ser irónico. Incluso desde una perspectiva no ya conceptual sino formal son, desde luego, mucho más atractivas sus ciudades de lamparitas de papel (Nuevas arquitecturas o una rara insistencia para entender la noche) o sus dibujos arquitectónicos con hilos sobre las paredes (Toda ciudad tiene derecho a llamarse utopía). Seguramente con más cabeza y más calma habría podido armar una muestra más favorable para él mismo.