Bienal de Canarias

Contradicciones y confusiones
Publicado en El Cultural, 20 de marzo de 2009

Se ha optado por una bienal discreta. Tras la polémica que levantó la primera edición y tras la dimisión del primer equipo directivo (Octavio Zaya y Virgilio Gutiérrez) hace menos de un año, el arquitecto Juan Manuel Palerm tuvo que armar rápidamente un conjunto de muestras que tiende a la baja en varios sentidos: el elenco de artistas es mucho menos brillante; se ha prescindido de las intervenciones en espacios públicos y edificios singulares; se ha limitado a dos ciudades: Las Palmas de Gran Canaria y Santa Cruz de Tenerife. Discreción también recomendada por la grave contradicción en la que incurren unas administraciones que —por anteponer los beneficios económicos a la conservación— castigan el paisaje permitiendo los desmanes de las constructoras y al mismo tiempo pretenden promover con esta bienal la concienciación y el análisis. Por mucho que el director haya podido trabajar con un alto grado de libertad, introduciendo diversas propuestas críticas, y aun cuando haya contado con un consejo asesor que cuenta con voces autorizadas —también con demasiada presencia institucional—, es muy elocuente la aparición simultánea en la prensa de noticias sobre la inauguración de las exposiciones, sobre la amenaza medioambiental que supone el proyectado puerto de Granadilla o sobre las negociaciones para no derribar hoteles ya sentenciados: arte, paisaje y arquitectura. También es llamativa la ausencia en las dos ediciones de la Fundación César Manrique de Lanzarote, la institución que con más seriedad ha promovido la asociación de arte y paisaje en las islas y que más ha guerreado contra los abusos urbanizadores.

El lema de la bienal es “Silencio”, hermoso concepto y bonito slogan que nada tiene que ver con los contenidos. El trabajo es en conjunto bienintencionado pero está lejos de ser brillante. Hay una división temática y una diferencia de calidad entre las islas: en Las Palmas se habla sobre “Paisaje de redes: sistemas, mallas y estructuras”; en Santa Cruz de “Escenas y escenarios: el consumo imaginario y el imaginario del consumo”. No una estructura muy firme porque, por ejemplo, la exposición de Rosa Olivares, Periferias (CAAM), encajaría mejor en Tenerife. Una muestra bien orquestada con artistas de calidad a la que sólo se le puede reprochar que buena parte de las obras sean ya algo antiguas: de 1994-97 las de Xavier Ribas, de 2002 las de Sergio Belinchón, de 2003 las de Stéphane Coutourier, de 2005 de Montserrat Soto… participan también Francesco Jodice, Matthias Koch y, en primicia, Gerardo Custance. Se trata de una de las tres exposiciones comisariadas; las otras son menos consistentes: Coexistencias, de Orlando Brito en La Regenta, por la modestia de los artistas elegidos, y Plain Air: Paisajes extraordinarios, de Christian Vivero Fauné en La Recova, por caprichosa. Esta última entiende como “paisajes” representaciones que difícilmente pueden entenderse como tales incluso si se acepta la pretensión de que hay no sólo un paisaje natural sino también un paisaje urbano (está claro) y un paisaje político (?). ¿Qué clase de paisaje son las escrituras sobre discos de vinilo y sobre sus fundas que realiza Graham Dolphin? ¿Y los vídeos sobre la actividad artística de Guy Richards Smit? ¿Qué sentido tiene incluir las magníficas fotografías de Ansel Adams en este contexto definido como “hiper-contemporáneo”? Con todo, ésta es la exposición más internacional y la que más posibilidades ofrece de descubrir algunos artistas interesantes.

La Bienal en su conjunto está aquejada de una continua confusión entre las imágenes artísticas y las que no lo son. En las tres exposiciones con comisarios externos, que han querido delimitar claramente sus propuestas de las del llamado “Equipo Bienal”, sólo hay obras de arte. Hay concentración también en la segunda planta del CAAM donde la selección, aquí debida a Palerm, es decepcionante, muy conservadora —casi diría anticuada—. Pero en el resto se yuxtaponen unas y otras. En la muestra del TEA, la mejor, con el discurso más claro y las mejores obras, esta convivencia es positiva, pues arte y arquitectura dialogan y se complementan, desde posiciones definidas, en el recorrido por varios ámbitos geográficos: costa, bosque, desierto, reflexionando sobre sus usos sociales y su imaginario. Dias & Riedweg escenifican en una de las escasas obras encargadas para la Bienal —concentradas aquí— el ligue gay en Maspalomas, y Julian Rosefeldt plantea las falsificaciones y los tópicos que el cine ha impuesto en el paisaje. Hay buenas obras también de Juan Carlos Batista —el más sólido de los canarios seleccionados en la Bienal—, Manuel Vilariño, y una pequeña retrospectiva de Wladislaw Strzeminsky, que no se entiende bien cómo encaja si no es porque algunos de sus dibujos se asemejan a mapas topográficos. También se concentran aquí los proyectos arquitectónicos más cercanos a la naturaleza, como los forestales de K2S Architects y Rural Studio, extraordinarios, y todo un conjunto de soluciones para el baño muy bien trabado. No me corresponde a mí valorar la sección de arquitectura, pero son mucho más atractivos y didácticos los proyectos realizados —como los de la planta baja del CAAM— que las más especulativas y experimentales. Y no se trata de la calidad o el interés de los trabajos, sino de su presentación. Y vuelvo a la confusión a la que me refería. Algunos arquitectos utilizan diseños gráficos, programas informáticos y fotografías con visos artísticos para expresar sus ideas. A veces, para el lego, de manera ininteligible. Esta Bienal está escorada hacia la arquitectura, lo cual es perfectamente legítimo y responde al interés creciente hacia ella de la sociedad en general, y en particular de la canaria. Y hay aquí más nivel en las obras de este ámbito que en las del artístico. Lo que no es aceptable, en mi opinión, es que la arquitectura fagocite otras formas de expresión, también aquí a la baja. Encontramos, sobre todo en INFECAR de Las Palmas y El Tanque de Santa Cruz, abundantes fotografías y animaciones de arquitectos que se sitúan en un limbo entre lo documental y lo “creativo”, siendo casi siempre muy convencionales. Lo mismo ocurre con algunas “esculturas” que parecen ser una evolución hacia lo artístico de la maqueta de siempre, y se crean dispositivos escenográficos, “instalaciones”, para algunos proyectos constructivos. La pega es que el espectador no informado, basándose en las formas, puede creer que los autores son artistas. Y tal vez ellos no lo pretenden.