Maqueta del proyecto de Tuñón y Mansilla

Artistas de la Edad de Hielo

Cantabria aspira a que el edificio del Banco de España sea la sede de un Centro de Investigación de la Prehistoria que cuente con el aval de la UNESCO. El proyecto, aún muy embrionario, se presenta con el apoyo del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte –fue una sugerencia del santanderino José María Lassalle– aunque Ignacio Diego, Presidente del Gobierno de Cantabria, lo anunció a principios de este mes no tanto como un equipamiento cultural sino en el contexto de un plan para “mejorar el negocio turístico” que incluye una red de nuevos campos de golf y la autorización de usos hoteleros y un teleférico en el Parque de la Naturaleza de Cabárceno. En fin.

Edificio del Banco de España en Santander

Cantabria llevaba tiempo dando vueltas a la idea de crear un nuevo museo de la Prehistoria, aunque a menudo con motivaciones espurias. Existe desde 1926 el Museo de Prehistoria y Arqueología de Cantabria, Mupac, que cuenta con importantísimas piezas de arte mueble del Paleolítico Superior y que ha sufrido progresivas negligencias: estuvo en el actual Instituto Santa Clara, pasando en 1941 a los bajos del Palacio de la Diputación, de donde tuvo que sacarse cuando se demolió el edificio en 2009 para construir uno nuevo con diseño de Rafael Moneo, algo que está ahora en el aire. Se pensó en un principio llevar la colección al espectacular -y desproporcionado, como era habitual en esos años- Museo de Cantabria que iba a construirse en el Parque de las Llamas, según maqueta de Tuñón y Mansilla… que tras muchas incidencias también quedó en nada. Diversas asociaciones propusieron hace algún tiempo que este edificio del Banco de España, que está junto al futuro Centro Botín, se convirtiese en su sede, idea que parece que se retoma ahora. Y sería muy bueno, ya que en la actualidad, la extraordinaria colección del Mupac se muestra sólo en una pequeña proporción en el Centro de Investigación del Museo de Prehistoria y Arqueología de Cantabria –con posible corruptela incluida– y se han acometido las obras para adecuar los bajos del Mercado del Este como segunda sede, más grande, del museo. El caro montaje, con un presupuesto de 1,5 millones, tiende a lo excesivamente divulgativo –recreaciones, interactivos- y se concibe como una solución temporal que, si el nuevo proyecto sale adelante, sería más bien un visto y no visto. Así que, ¿sería necesario este nuevo museo / centro de investigación? Como museo sí. Como centro de investigación… habría que conocer la opinión del prestigioso Instituto Internacional de Investigaciones Prehistóricas de Cantabria que, sin excusa, debería participar en la toma de decisiones sobre todos los aspectos de este plan.

Los delirios de los políticos poco tienen que ven con las necesidades de la comunidad científica. A pesar de que ya existe el Museo de Altamira, con una reproducción exacta de la cueva, la pretensión de contar con un gran museo de la prehistoria es muy lógica si tenemos en cuenta que en la región abundan las cuevas con gran relevancia artística y paleontológica que merecen la mayor atención. Florencia y Roma son al Renacimiento lo que la cornisa cantábrica y el sureste francés son al arte rupestre del Paleolítico Superior, que constituye, sin ninguna duda, una de las cumbres del arte de todos los tiempos. Y podríamos atrevernos decir que es la más valiosa: por su asombrosa antigüedad, su relativa rareza, su trascendencia antropológica, sus enigmas… Un gran tesoro de la humanidad, que hay que preservar a toda costa. Dentro de unas semanas se estrenará en España La cueva de los sueños olvidados, la película documental en 3D sobre la cueva de Chauvet, en Ardèche, que filmó hace dos años Werner Herzog. Carlos Reviriego ya dio noticia a los lectores de EL CULTURAL de la presentación que el cineasta hizo hace unos días en Madrid y mostró su entusiasmo por este inusual proyecto cinematográfico. Yo me permito también recomendar la película a los amantes del arte, pues les permitirá conocer una cueva que no es visitable y que figura entre las más destacadas del mundo por la antigüedad –unos 30.000 años-, belleza y abundancia –420 animales representados– de sus pinturas. Chauvet es además noticia porque ha establecido un convenio con el Musée du Quai Branly de París que tendrá como primer resultado una exposición en el castillo de Vogüé, en Ardèche, con piezas del museo parisino.

Cueva de Chauvet

La cueva se descubrió hace muy poco, en 1994, lo que nos hace preguntarnos cuántos museos subterráneos más podrían permanecer ignotos. En la película de Herzog se cuenta cómo los espeleólogos buscan cavidades intentando detectar corrientes de arte que fluyen sutilmente desde las paredes rocosas. Las cuevas respiran y, según apuntan algunas teorías, fueron concebidas por los hombres de la Edad de Hielo como un cuerpo o como un microcosmos, en el que se celebraban ritos de iniciación y de magia propiciatoria que asegurasen la fertilidad de los animales y la propia supervivencia del grupo. Los científicos avanzan pequeños pasos en el conocimiento de las pinturas y de quienes las realizaron pero nunca podrán tener certezas. Se elaboran teorías interpretativas –totemismo, chamanismo, dualismo de fuerzas…- y se obtienen datos que permiten afinar la datación, comparar los estilos, identificar materiales, técnicas… Nada explica por qué el hombre tuvo la necesidad de expresarse a través del arte, cómo llegó a desarrollar la capacidad simbólica necesaria. A menudo surgen noticias que retrotraen las dataciones hasta ahora aceptadas: las pinturas más antiguas en Altamira podrían tener 35.000 años. Ahora se cree que el hombre de Neandertal manejaba un lenguaje no tan elemental y que sí tuvo también afanes artísticos: las pinturas de unas focas en la cueva de Nerja, con 42.000 años de antigüedad, así lo confirmarían. Hasta el homo antecessor de Atapuerca tenía alguna inclinación estética. ¿Cómo puede dudarse que el arte forma parte de la esencia de lo humano?

Cueva de Nerja. Focas

Cualquiera puede sentir la fascinación que ejercen estas creaciones y experimentar una forma de conexión que salva ese olvido al que hace referencia Herzog en el título de su película. Aquellos hombres eran exactamente igual que nosotros. En una Europa cubierta por los glaciares se adentraban en la más negra oscuridad de las cavernas para realizar estas pinturas sagradas, que visitaban después durante milenios pero eran siempre actuales, pues podían intervenir en un mismo panel pictórico cinco mil años más tarde, como ocurrió en Chauvet. Las figuras de superponen, y los trazos se mezclan con los arañazos de las zarpas de los osos en la pared. No todas las pinturas muestran la misma maestría en el trazo pero, en conjunto, la calidad en la ejecución es impresionante. Y no lo es menos el hecho de que se encuentren en las cuevas frágiles huellas de la presencia humana, como pisadas, impresiones de las manos o restos de materiales pictóricos y de las antorchas que proyectarían sombras danzantes sobre las pinturas.

Esa fragilidad y la riqueza de la información sobre la vida en la prehistoria que contienen hacen que sea tan importante mantenerlas cerradas. Las más bellas cuevas son las que no podemos ver. Sin pasarelas, sin iluminación artificial. Secretas y absolutamente silenciosas, oponiendo sus misterios a nuestra ansia por observarlo todo, por conocerlo todo.