Ángeles Agrela

La pintura encarnada
Galería Magda Bellotti, Madrid
Publicado en El Cultural
Los intrincados lazos entre el cuerpo y la pintura han tenido durante siglos lecturas mágicas, morales, psicológicas, científicas… Hasta el siglo XX, nada había más importante para un pintor que saber representar las figuras y para hacerlo de forma verosímil debía practicar el dibujo anatómico, en el que confluían el arte y la investigación médica. Ángeles Agrela (Úbeda, 1966) lleva tiempo dándole vueltas a ese género, que se agrega de manera coherente a su evidente interés por las hipérboles somáticas: culturistas, luchadores, superhéroes y contorsionistas protagonizaron trabajos anteriores. Ahora les opone no la imagen de la muerte y la enfermedad, como en las vanitas barrocas, sino otra realidad que evitamos considerar y que tiene la misma intención de descorazonar a la belleza irreflexiva: lo que hay bajo la piel. La carne “cruda”. Al asimilar piel y pintura, Agrela insinúa que el arte esconde algo repulsivo. El desollamiento fue en tiempos más bárbaros una condena para delincuentes o infieles; ¿se inflige aquí un terrible castigo a la belleza de los clásicos? Así martirizados, los personajes retratados por algunos de los más grandes: Van Eyck, Campin, Van der Weyden, Piero, Botticelli, Ghirlandaio, Bellini, Holbein, Vermeer, El Greco, Velázquez, Ingres… se convierten en monstruos que, en la concepción de Agrela del “retrato como espejo”, nos reflejan. Se nos arrebatan las pinturas más amadas y nuestra admiración por ellas.

La exposición, que revela las cualidades como pintora y “escenógrafa” de la artista, ofrece muchos niveles de significación y también diversos niveles de delirio. En el primer espacio y en la Sala Algeciras los cuadros más grandes -casi todos óleos- se limitan a mostrar los despellejamientos, con reencuadres y aproximaciones que modifican los formatos originales. En la sala superior, vemos en los tondos un deslizamiento desde la didáctica del cuerpo al capricho grotesco, con transubstanciaciones y despedazamientos que no acentúan el dramatismo del mensaje sino que lo rebajan hacia la broma.