Andy Goldsworthy

El crecimiento musical
Slowtrack, Madrid
Publicado en El Cultural

Buena noticia: Marta Moriarty abre de nuevo galería en Madrid -cerró Vacío 9 hace casi seis años-, combinando su experiencia en la escena cultural con la joven energía de su equipo, que programará no sólo exposiciones sino también, de forma regular, teatro, cine, performance y música, todo en el mismo espacio, puerta con puerta del famoso restaurante/café cantante Casa Patas. Son dos salas separadas por una hogareña cocina y un pequeño patio, más otra en el sótano, con aforo para unas cincuenta personas y muy lejos del frío “cubo blanco” al uso. Expondrán en ella artistas jóvenes pero también algunos con más trayectoria. La inauguración se hace por todo lo alto, con Andy Goldsworthy (Cheshire, 1956), que ha realizado una instalación, muy sutil, que recorre todos esos espacios.

No crean que, por ser un artista conocido en todo el mundo, Goldsworthy es de los que enhebran unas exposiciones con otras. Su última individual data de 2011 y en España solo hemos tenido dos: la imponente intervención en el Palacio de Cristal, en 2007, y una selección que hizo de sus primeras fotografías la galería Arnés + Röpke para PHotoEspaña cuatro años después. Hace un tiempo dejó de vender las fotografías que hace de sus admirables intervenciones en la naturaleza, distanciándose del mercado de “objetos”, pero trabaja con la misma intensidad que antes y realiza proyectos específicos para espacios naturales, museos y entornos privados. Es por tanto excepcional tenerle en Madrid y comprobar cómo, tras largos años de estudio y de manejo de los materiales naturales, extrae de ellos toda su capacidad expresiva y poética. Ahora, como es habitual, los ha buscado en las cercanías: junco de esteras (Juncus Effusus) y espinas de endrino (Prunus Spinosa). Aunque no fuera la intención, el sinuoso dibujo mural que ha hecho con ellos adquiere aquí diversos valores metafóricos. Resulta muy apropiado abrir el espacio en la calle “Cañizares” con esta danza de juncos. El nombre científico latino, juncus, deriva de jungere, unir o vincular, lo que viene al pelo para un proyecto que se define como participativo. La obra de Goldsworthy tiene mucho que ver con la construcción de estructuras con elementos naturales y ha manifestado en alguna ocasión que no percibe una gran diferencia entre trabajar en interiores arquitectónicos o en la naturaleza, pues todo es de alguna manera una casa, un lugar en el que habitamos. Recordemos, en este sentido, que una de las formas más ancestrales de arquitectura, aún practicada por algunos pueblos africanos, es la que se levanta con hatos de juncos; al recorrer las paredes de la galería con las hierbas se produce una asimilación del edificio con la naturaleza y se abre un pasadizo imaginativo a los tiempos en que la zona fue un cañizar.

Lo que sí está en la intención del artista es dar voz al material, explorar sus propios límites, entre la flexibilidad y la rigidez, estableciendo una colaboración real con el junco en el trazado de una línea serpentina que él entiende como línea de crecimiento y que tiene mucho de musical. La tensión es clave para conseguir la percepción de una energía que se mueve por el lugar, y Goldsworthy ha aprendido a mantenerla al máximo desde que en 1985 hiciera su primera línea de hierba en un interior -antes las había hecho al aire libre- en la Galerie Löhrl en Mönchengladbach; después ha “dibujado” de esta manera todas las galerías que le han representado. No se trata de dibujar una línea caprichosamente sino de encontrar y seguir la que los propios juncos contienen, fijándola con precisión mediante las espinas de endrino clavadas en la pared. Y como casi siempre en su obra, el mágico resultado es algo efímero. Y por eso aún más hermoso.