1998-2008: Expansión virtual, económica y geográfica

10 años de El Cultural

Cada día se hace más difícil saber qué está ocurriendo en el arte actual. En la última década el crecimiento numérico de artistas, galerías, centros de arte y eventos ha sido enorme. Los expertos llevan una vida de perro, de aeropuerto en aeropuerto, de bienal a feria, de inauguración de exposición a apertura de nuevo museo en el otro extremo del mundo. Por fortuna Internet nos permite tener información de esos acontecimientos. Y ése es precisamente uno de los cambios sustanciales acaecidos en estos años: la presencia en la red de todas las galerías, todos los museos y casi todos los artistas. Las revistas especializadas, que fueron antes las herramientas de difusión de la actualidad artística, han sido barridas, en cuanto a cantidad de lectores, por la miríada de más o menos ligeras páginas web. Y, a pesar de que proliferan los espacios expositivos y las obras itineran sin pausa, el contacto que tenemos con el arte es en mayor medida virtual que físico. Incluso se compra vía web.
El archivo ha sido en estos años un tema a debate, quizá porque la ingente producción artística y de documentos relacionados con ella va camino de desbordar todos los posibles almacenes. Es llamativa en este sentido la construcción cerca de Basilea del Schaulager de Herzog & de Meuron (2003), el primer museo concebido como almacén que sólo expone, de forma rotativa, una pequeña parte de su colección. Pero más allá de la acumulación física de objetos se ha confirmado una coexistencia de tendencias, formas de concebir el arte, medios, generaciones, escenas artísticas. Casi nada destaca lo suficiente. El arte se ha extendido en horizontal y apenas se puede hablar ya de sucesión de modas. Aunque unas tengan más fuerza que otras, más atractivo comercial, lo nuevo no desplaza lo anterior sino que ambos se solapan. No sólo conviven formas de arte muy distintas sino incluso concepciones del arte opuestas. Está claro que en estos tiempos del “triunfo de la estética” en que todo puede ser “artístico” –la moda, el cómic, la cocina, la publicidad– no se le pide al artista que introduzca contenidos simbólicos, filosóficos o sociales “fuertes”. Sigue habiendo quienes sí tienen esos objetivos, y aún son admirados por el público y la crítica. Pero al tiempo se celebran las formas de arte más lúdicas, del videojuego al dibujo pueril o al show musical. Una parte del arte sufre una infantilización progresiva, una carencia total de ambición. Priman el espectáculo y el divertimento.

Triunfan simultáneamente la pintura más sensual (Jason Martin), la interacción tecnológica (Rafael Lozano-Hemmer), las instalaciones escenográficas (Franz Ackermann), la acción conceptualista (Santiago Sierra), el arte centrado en cuestiones de género (Shirin Neshat), en la relación con el medio (Olafur Eliasson), la fotografía construida (Thomas Demand), el ensayo cinematográfico (James Coleman), lo sublime (Darren Almond), lo escatológico (Tracey Emin), el género documental (Zwelethu Mthethwa), el enfoque surrealista (Matthew Barney)… Toda la historia del arte del siglo XX revivida. Cada cual tiene sus simpatías por unas u otras tendencias pero la realidad del mundo del arte nos las presenta todas juntas. La cacofonía está garantizada.

Economía de la cultura
Una de las dimensiones del arte contemporáneo que ha ganado más protagonismo es la económica. La manifestación más evidente es el auge en el mercado del arte. Aunque se están viendo los primeros síntomas de la crisis, la década ha sido muy buena. La burbuja ha disparatado los precios de algunos artistas, algunos tan irrelevantes como Koons o Murakami, pero la bonanza ha beneficiado a todos los agentes del arte. Y a la producción de obras costosas, cada vez más de cara a la exposición comercial o institucional. Ligada a este auge se ha introducido en la escena la figura del coleccionista, más allá de la ostentación de sus tesoros: es requerido en foros de todo tipo, preside patronatos, comisaría exposiciones. Charles Saatchi, François Pinault, Eli Broad, Eugenio López (Jumex), los Rubell, Dakis Joannou, Uli Sigg, Christian Flick, los Zabludowicz… son nombres que marcan la actualidad artística. Los grandes galeristas mantienen su influencia y las casas de subastas incluso plantean nuevas estrategias de comercialización, como en los recientes casos de Damien Hirst o Annie Leibovitz. Las ferias han mantenido su capacidad de convocatoria y han incrementado el volumen de ventas. En estos años nacieron las que tienen hoy mayor éxito: Art Basel Miami y Frieze. En España, ARCO ha crecido en tamaño y ha cambiado de directora.
La economía del arte se inscribe en la economía turística, primera industria mundial, de forma cada vez más clara. Desde que en 1997 se inaugurara el Guggenheim Bilbao multitud de ciudades han cifrado sus expectativas de desarrollo económico en la construcción de un museo de arte contemporáneo –mejor si es de arquitecto célebre–. Para incrementar el flujo de visitantes, los museos de toda clase han recurrido a dos herramientas principales: la ampliación y la exposición temporal. Se han ampliado el British Museum, la Hamburger Bahnhof, el Prado, el Reina Sofía y cien museos más. Se preparan para hacerlo viejas instituciones como la Art Gallery of Ontario o el Grand Palais, pero también recién nacidos como la Tate Modern. Cambian a sedes más modernas clásicos como el MoMA o el New Museum de Nueva York. La inauguración conlleva una promoción tremenda, pero hay que mantener las cifras con la ayuda de las exposiciones, que han de prepararse con mucha antelación a causa de la gran demanda de préstamos. Pero las colas valen la pena.
Todo esto se daba ya antes pero se ha agudizado, y mucho, en esta década; lo que sí es propio de ella son los museos satélites, las sucursales. El Guggenheim es el caso más conocido, pero el proyecto de un Louvre en Abu Dhabi abre un nuevo capítulo en la historia museal: la comercialización de los fondos nacionales. Ésta será una sede permanente, pero también se alquilan las obras en lotes: el Louvre y el Hermitage se han especializado en este método de hacer caja, y otros les siguen más tímidamente, como el Art Institute of Chicago que acaba de prestar sus pinturas impresionistas –lo que mejor venda– al Kimbell Art Museum de Fort Worth para financiar, como no, su inminente ampliación.
De otro lado, se populariza el concepto de “industrias culturales”. El libro, el disco o el cine son sin duda industrias, que producen artículos en serie y tienen un peso económico. Claro que el arte actual constituye una actividad económica pero ¿industria? La cifras del mercado son abultadas, al igual que las de ese movimiento de visitantes que pagan entradas y hacen compras en los museos. Pero el artista suele sentirse como un extraño en ese contexto de negocio y ha de esforzarse para adaptarse a él; no para hacerse millonario, que eso les ocurre a muy pocos, sino para vivir de su trabajo. Hay que subrayar, no obstante, que existen muchos centros de arte pequeños y medianos, y muchas galerías, que prestan apoyo a la producción y realmente están con el artista. Lo que les permita el a menudo limitado presupuesto.

Nueva geografía
Nuevos países crecen en el mapa del arte actual. China por encima de todos, pero también India, Corea, Sudáfrica (tras la apertura post-apartheid), Irán (con todas sus dificultades), Rusia… Si la década anterior fue la de los artistas latinoamericanos, que mantienen su cuota de interés, ésta ha sido la de los asiáticos y del Medio Oriente. Hay bienales en Estambul, Taichung, Taipei, Gwangju, Busan, Shanghai, Singapur, Yokohama, Sharjah, El Cairo… Es notorio el afán de esas regiones por integrarse en el circuito internacional, de atraer ellas también visitantes, de asociar desarrollo económico a modernidad en la creación, sorteando en algunos casos las barreras de la opresión política. También hoy, como en los tiempos en que Nueva York –aún una de las mecas, con Berlín, Londres, Zúrich y ahora Shanghai– le robó a París el protagonismo, ser capital del arte tiene sus ribetes políticos. No tanto asociados al poder económico y militar, como entonces, sino a la “imagen”, que es lo que cuenta en los tiempos del marketing. Muchos gobiernos crean sus agencias y organismos para la promoción internacional y subvencionan el tránsito de artistas y profesionales, a la galería que hace ferias, al museo que lleva sus exposiciones al exterior. El dinero público sigue siendo necesario para dar vida a esta “industria”.
En España se han sentido grandes cambios en esta década. Se ha consolidado el mercado del arte, con más y mejores coleccionistas, y se ha acelerado el ritmo de apertura de nuevos centros de arte, que ya fue intenso en décadas anteriores para remediar la carencia de infraestructuras culturales. La descentralización museística es un hecho, aunque no la galerística. Casi todos los centros que hoy conforman la gran red estatal y que en conjunto brindan una oferta ya casi inabarcable abrieron sus puertas en estos años: MARCO de Vigo, Laboral de Gijón, Tabacalera y Chillida-Leku de San Sebastián, Artium de Vitoria, Centro Huarte de Pamplona, CDAN de Huesca, La Panera de Lérida, MUSAC de León, CAB de Burgos, Domus Artium de Salamanca, Patio Herreriano de Valladolid, Esteban Vicente de Segovia, EACC de Castellón, Es Baluard en Palma, Centro José Guerrero de Granada, CAC y Museo Picasso de Málaga, Casa Asia en Barcelona y Madrid… el último, el TEA de Tenerife. Y falta que se abra el edificio de El Bòlit de Gerona. Las instituciones privadas, por el contrario, experimentan desde hace años una recesión: a pesar de aperturas como las de Caixaforum Barcelona y Madrid, la exitosa La Casa Encendida de CajaMadrid –y el inminente Krea de Vitoria, de la Kutxa– o la más reciente segunda sede de Mapfre, en general el arte actual ha dejado de ser actividad privilegiada para las “obras sociales”.
Al calor de ARCO han nacido nuevas ferias, más pequeñas: en Santander, Cáceres y Salamanca, la extinta DFoto o la de vídeo Loop en Barcelona. Nuevas revistas como Exit y ExitExpress, Artecontexto, Art Notes, Dardo o Numen han enriquecido el panorama de la crítica. En general hay más actividad, más internacionalización y más público. Pero quedan asuntos por resolver. En los últimos años, la iniciativa ha partido de las asociaciones de profesionales que han logrado empezar a articular el sector: de artistas en diversas comunidades (agrupadas en la UAAV), de directores de museos (ADACE), el Consejo de Críticos de Artes Visuales, el Consorcio de Galerías de Arte Contemporáneo y el Instituto de Arte Contemporáneo. El “documento de buenas prácticas”, firmado por el Ministerio de Cultura y guía para nombrar al nuevo director del MNCARS, se va extendiendo a otras administraciones, a pesar de los recelos y baches en el camino. Los artistas buscan la profesionalización, la regulación de sus relaciones con galerías y con centros de arte; los galeristas quieren que se facilite fiscalmente su actividad y que se apoye su función exportadora; los directores de museos piden autonomía, fondos suficientes y sustento en la creación de redes nacionales e internacionales… El objetivo próximo: participar en el diseño de una acción cultural exterior más coordinada y eficaz.